domingo, 2 de junio de 2013

Susana y los dos viejos

      
     En el Antiguo Testamento nos encontramos con una historia que nos recuerda bastante a la narrada en el Génesis entre José y la mujer de Putifar, pero en este caso, la protagonista es una bella y atractiva mujer hija de Jilquías, llamada Susana y desposada con un hombre joven y muy rico de nombre Joaquín. Vivía en una lujosa casa, con un precioso y enorme jardín, en los tiempos en el que el pueblo judío se encontraba cautivo en Babilonia en el siglo VI antes de J.C., bajo la autoridad del rey Nabucodonosor. Aparece narrada en un apéndice del libro de Daniel, uno de los últimos del Antiguo Testamento y escrito por un personaje anónimo, probablemente en el siglo II antes de Cristo, y atribuido a un tal Daniel, profeta cuatro siglos anterior, con el fin de dotar a la obra de una mayor autoridad. No obstante, las preocupaciones, expectativas y conocimientos que demuestra su autor de los acontecimientos que tuvieron lugar en el siglo II antes de nuestra era, cuando la dinastía Seléucida gobernaba un amplio territorio que incluía la Tierra Prometida, indican que es ahora cuando fue redactado, y no entonces. Por otra parte, el hecho de ponerlo en el haber del profeta Daniel, de la época de Nabucodonosor, no ha ayudado a la identificación del verdadero  autor.
     
     En esta historia, al contrario de lo que sucede en la de José, la casta y la pura, la que actúa de acuerdo con los mandamientos de Dios, en los que su padre la educó fue la mujer casada, mientras que los personajes viles y falsos fueron los dos viejos jueces, convertidos en dos viejos verdes, olvidando así la confianza que el pueblo de Israel había depositado en ellos y la prudencia que se les presupone a su avanzada edad.
     
     Ha sido un tema muy recurrido en la Historia del Arte, especialmente en aquellas épocas en las que el desnudo, especialmente el femenino, no estaba bien visto, o bien estaba prohibido. Los pintores aprovechaban este tema bíblico para poder representar a una mujer desnuda, sin tener que dar explicaciones por ello. Algo parecido ocurría en la Grecia antigua, cuando utilizaban las entradas o salidas del baño de la diosa Venus, momento escogido por los escultores para representarla sin ropa.
    
      La historia de Susana y los viejos abarca todo el capítulo 13 del libro de Daniel. Es como sigue:
     
     Vivía en Babilonia un hombre que se llamaba Joaquín y se había casado con una mujer muy bella y temerosa de Dios, de nombre Susana. Sus padres eran justos y la habían educado según la ley de Moisés. Los judíos solían acudir a él por ser el más importante de todos, entre ellos dos ancianos que habían sido nombrados jueces, encargados de solucionar los litigios que se presentaban entre los miembros de su pueblo. Cuando todos se iban, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido. Pero los dos ancianos procuraban verla todos los días y pronto empezaron a desearla, hasta el punto de perder la cabeza por ella, olvidado su reputación y el alto cargo que ostentaban. Pero no se descubrieron mutuamente su secreto por la vergüenza que les provocaría ver su deseo descubierto por el otro. Todos los días trataban afanosamente de verla, se había convertido el asunto en una obsesión, de manera que no podían ocultarlo más. Se confesaron mutuamente la pasión que sentían por ella, y acordaron buscar el momento propicio para abordarla a solas y conseguir sus objetivos libidinosos.
    
     Llegó el momento cuando un día caluroso Susana entró en el jadían acompañada por dos jóvenes doncellas, y le apeteció tomar un baño refrescante aprovechando que allí no había nadie. Bueno, eso creía ella, pues escondidos y al acecho se encontraban los dos ancianos. Mientras tanto ella mandó a sus doncellas por aceite y perfumes, con el encargo de cerrar las puertas del jardín para su mayor tranquilidad y no ser observada por alguna mirada indiscreta.
     
     Una vez que la vieron sola los dos ancianos salieron corriendo, tanto como les permitía su edad, con el objeto de abordarla. Intentaron convencerla para que se entregase a sus deseos y, si no lo hacía, la amenazaron con dar falso testimonio contra ella, acusándola de haber sido testigos de cómo yacía con un joven debajo de un árbol del jardín. La amenaza no hizo su efecto y prefirió ser lapidada por esa acusación, tal y como preveía la Ley en estos casos de adulterio, antes de acceder a sus pretensiones, pues no serían bien vistas a los ojos de Dios. Susana empezó a gritar, al igual que los ancianos; ante el griterío, los criados se precipitaron para ver qué pasaba, y cuando los ancianos contaron su historia, los criados se quedaron confundidos por la buena opinión que tenían de ella.
     
     Al día siguiente, con el pueblo reunido en casa de su marido, se presentaron ambos llenos de maldad. Susana, la hija de Jilquías y mujer de Joaquín fue mandada a buscar. Compareció acompañada de toda su familia, incluidos sus hijos. Todos los que la querían se mostraron llorosos, mientras ella depositaba todas sus esperanzas en Dios. Los ancianos contaron su falsa historia, afirmando que sorprendieron juntos a Susana y al joven, pero que éste no pudieron atraparlo y escapó, porque debido a su juventud era más rápido que ellos, además de negarse la acusada a revelarles su nombre. Pese a lo cual, fueron testigos de todo lo ocurrido y, con lo mismo, debía de ser suficiente.
     
     La asamblea les creyó y fue condenada a muerte. En su desgracia, Susana gritó encomendándose a Dios. El Señor la escuchó, y cuando era conducida a la ejecución un jovencito llamado Daniel habló a su favor y, contra todo pronóstico, el pueblo atendió su llamamiento. El joven propuso interrogar por separado a ambos ancianos, para comprobar si había alguna contradicción en sus declaraciones. Como así ocurrió, cuando les preguntó por la clase de árbol bajo el que se encontraba la protagonista cuando fue sorprendida por ellos. Mientras uno dijo una acacia, el otro contestó una encina (esta sencilla idea de preguntar por separado, era valiosa para averiguar la verdad y, hasta cierto punto, se adelanta a su época. Pero ¡pobres de ellos! si no entendían de árboles). Ante esta contradicción, el pueblo proclamó la inocencia de Susana y la culpabilidad de los dos ancianos, que fueron sometidos a la misma pena que ellos querían aplicar a la honrada y bella esposa. Les dieron muerte y, aquel día, se salvó una sangre inocente. Toda su familia dio gracias a Dios, por el hecho, de que nada indigno había cometido nuestra heroína. Y, desde ese mismo momento, el joven Daniel, el profeta Daniel, fue grande a los ojos del pueblo.
     
     Al igual que ocurre con la narración bíblica de la historia de José con la mujer de Putifar, nos encontramos ante un relato similar, en donde lo importante no es la naturaleza histórica de ambas, si ocurrieron realmente o no esos hechos, que evidentemente son inventados, al menos, eso creo. Pero no se trata de engañar nadie, sino de transmitir un mensaje: la confianza y la obediencia a las leyes de Dios. El que así actúa, siempre encuentra su recompensa, aunque ésta parezca, a veces, no llegar. Dios no defrauda nunca a los que persisten en su voluntad. Y este es el fin que persiguen los autores bíblicos con estas bellas aventuras, que llenaban de encanto y optimismo las duras condiciones de vida que, habitualmente, tuvo que soportar el pueblo judío en momentos muy difíciles de su historia.
Necesitado de esperanza y confianza en Dios, los autores sagrados y profetas con sus relatos; propuestos como ejemplos a seguir, colaboraron a ello. En definitiva, lo que importa es el mensaje, no si tal o cual episodio, aconteció de verdad. Recordemos, que Jesucristo contaba parábolas (que no habían sucedido, como todos sabemos) tanto a sus discípulos como a seguidores, con el objetivo de instruirle y orientarlos en su quehacer diario. Y, en última instancia, inculcar en sus corazones: la confianza, la obediencia debida y el amor a Dios.
     
     Son muchos los creadores, que con sus pinceles, han plasmado en sus lienzos este asunto desde el Renacimiento hasta nuestros días. En el comentario de los mismos no entraré de momento, quizá en otra ocasión me preocupe de ello. Hasta un poema le dedicó Jorge Guillén*. Por último, que sirva de muestra para ilustrar esta entrada, la pintura de Guercino fechada en 1617 y conservada en el Museo del Prado, en donde enfatiza las actitudes contrapuestas de ambos vejestorios, de tal manera, que en un juego ilusionista propio del arte Barroco, provocan en el espectador la ilusión de ser testigo de los hechos, e incluso que participa en ellos como voyeurs. En fin, qué le vamos a hacer.
       R.R.C.
                          
                       *Poema Susana Y Los Viejos de Jorge Guillen
                              Furtivos, silenciosos, tensos, avizorantes,
                              se deslizan, escrutan y apartando la rama
                              alargan sus miradas hasta el lugar del drama:
                              el choque de un desnudo con los sueños de antes.
                               A solas y soñando ya han sido los amantes
                               posibles, inminentes, en visión, de la dama.
                               Tal desnudez real ahora los inflama
                                que los viejos se asoman, tímidos estudiantes.
                                ¿Son viejos? Eso cuentan. Es cómputo oficial.
                                 En su carne se sienten, se afirman juveniles
                                 porque lo son. Susana surge ante su deseo,
                                 que conserva un impulso cándido de caudal.
                                 Otoños hay con cimas y ráfagas de abriles.
                                 -Ah, Susana. -¡Qué horror! -Perdóname. ¡Te veo!  

sábado, 1 de junio de 2013

José y la mujer de Putifar

     
     En el Génesis, el primer libro de la Biblia, nos encontramos con la historia de José, el hijo más amado del patriarca Jacob, el penúltimo de sus doce hijos habidos de su relación con cuatro mujeres, dos de ellas con rango de esposas y otras dos concubinas. Los menores José y Benjamín eran hijos de Raquel, su mujer preferida.
     Desde los diecisiete años, José ya era pastor de ovejas junto con sus hermanos, que no tardaron en aborrecerle hasta el punto de retirarle el saludo. Su conducta se explica por la predilección que el padre siempre mostró por él, como prueba el hecho de regalarle una preciosa túnica de manga larga que lo distinguiese de los demás Detalles como éste ayudaban a crear un abismo insuperable entre José y sus hermanos. Además de manifestar, el propio José, una clara prepotencia frente a ellos, hasta el punto de tener que reprendérselo el padre, y que no hacía más que aumentar el odio que sentían por él. Las consecuencias no se hicieron esperar;  pronto empezaron a conspirar para deshacerse de su hermano cuando se encontraban pastoreando en Dotán. Entre sus malévolos planes se pensó en el asesinato, pero su hermano Rubén que era el mayor, y precisamente por ello, creyéndose responsable de todos, mostró su desacuerdo y propuso echarle a un pozo, como así se hizo, con la idea de salvarle después y devolvérselo a su padre.
     Poco después, pasaba por allí una caravana de mercaderes ismaelitas, o madianitas que se dirigían a Egipto, y se lo vendieron por veinte piezas de plata. A continuación, sus hermanos tomaron la túnica que Jacob había regalado a José, la desgarraron y la mancharon con sangre de cabrito para mostrársela a su padre, con la mentira de que había sido despedazado por un lobo.
     Una vez en el país del Nilo, los mercaderes lo vendieron a Putifar, eunuco del faraón y jefe de su guardia (aunque según otros textos bíblicos no era eunuco, ya que era jefe de coperos). Enseguida José ganó la confianza de su dueño. Éste se desentendió de todo y lo puso al frente de su casa y demás posesiones, que pronto empezaron a prosperar.
     Más tarde, la mujer de su señor se fijó en José, nada raro si tenemos en cuenta que era apuesto y de buena presencia, según dice el texto bíblico, y las mujeres de la alta sociedad egipcia de la época estaban ociosas, lo que contribuía a su conducta adulterina, que si no era frecuente, sí se daban bastantes casos, tal y como sabemos por documentos y narraciones egipcias de este período. José rehusó acostarse con ella pese a la insistencia de la mujer día tras día. Llegó hasta el punto de arrebatarle la ropa y tener que salir corriendo fuera de su casa, ante lo cual ella lo acusó delante de su marido de querer violarla; y él la creyó. Enfureció, como es lógico, mandó prenderle y lo envió a la cárcel. Y aquí detengo mi historia, que continúa durante varios capítulos más del Génesis, en los que se narran otras cuestiones distintas sobre la vida de nuestro protagonista, de las que en esta ocasión no vamos a tratar.
     La historia de José, como tantas otras del Antiguo Testamento, no es admisible a la luz de la crítica histórica actual. Estas narraciones hay que verlas e interpretarlas de otra manera; si queremos comprenderlas, pero no son hechos históricos tal y como hoy los entendemos. La podemos considerar en palabras del exégeta Maximiliano García Cordero, “como uno de los mejores fragmentos de la literatura universal”. Todo el relato (que aquí no aparece en su totalidad) le hace pensar en una historia providencialista y moralizante, que pudo surgir en los círculos sapienciales de la corte de Jerusalén en tiempos del rey Salomón hacia el año mil antes de J.C. Y que fue insertada en el relato yahvista por el redactor del Pentateuco*, situándola entre las narraciones referidas a los Patriarcas del pueblo judío, y su salida de Egipto, tendiendo un puente entre ambas situaciones. Siguiendo con nuestro exégeta, ésta y otras muchas tradiciones sobre los orígenes de Israel han de entenderse como confesiones de fe. Serían historias idealizadas que tienen todo el aspecto de una novela histórica de carácter religioso, fundamentada sobre determinados hechos difundidos por la leyenda.
     Por otra parte, tenemos una historia similar anterior en la literatura egipcia, que hacía las delicias de la clase alta y cortesana del país de los faraones, que data de la XIX dinastía, hacia el siglo XIII antes de J.C. y cuyo argumento es casi idéntico a éste. Por ser más antigua que el relato bíblico, no es descabellado pensar que el redactor de la vida de José tuvo presente el pintoresco cuento egipcio, del cual nos ha llegado una copia en buen estado en el Papiro D'Orbiney, conservado en el Museo Británico. Tanto en el epílogo como en la dedicatoria se menciona al príncipe y futuro faraón Seti II. En resumen dice:
     Los hermanos Anpu y Bata viven como padre e hijo, ambos de una sola madre y de un solo padre. El mayor tenía una casa y una mujer, mientras que su hermano menor estaba con él como criado. Además era un obrero excelente y no había otro en todo el país, pues los dioses estaban con él. Su aportación fue decisiva para el progreso de los bienes de su hermano mayor. Todo iba bien, hasta que un día, éste le mandó que trajese simiente de la arquería y encontró peinándose a la mujer de Anpu, (su hermano mayor). Le pidió que se diese prisa en darle la simiente para regresar al campo. Pero ella entabló conversación con él adulándole con bonitas palabras, con objeto de entretenerlo y que olvidase el motivo de su visita. Le propuso acostarse con él durante una hora a cambio de regalos. En su respuesta enfurecida, Bata le echó en cara que ella era para él como una madre y su marido como un padre, negándose a sus pretensiones y regresando a la faena con su hermano, sin comentar nada de lo sucedido para no perjudicar a la esposa.
     Sin embargo, la mujer sintió miedo de verse descubierta en sus palabras, se embadurnó como si hubiese sido maltratada, y cuando regresó su esposo acusó a su hermano de proponerle acostarse con él, y ante su negativa la golpeó para que no contara nada. Su marido la creyó, se puso como una fiera y se escondió detrás de una puerta para matar a su hermano menor con un cuchillo en cuanto volviera. Su hermano lo vio y salió corriendo… La historia continúa, pero aquí concluyo. Con lo expuesto, es más que suficiente para comprobar la similitud y, probablemente, dependencia del relato hebreo con respecto del egipcio. Pero este asunto no es capital; lo importante radica en la interpretación que hagamos de ambas narraciones.
     Empezando por la última, está creada en un contexto histórico determinado y con fines claramente propagandísticos. Relaciona la familia de Ramsés con la esfera divina, justo antes de la coronación de Seti II, necesitado de este espaldarazo. Así pues, se ha planteado la hipótesis, de que el papiro perteneció al faraón Seti II, y es una sátira política que pone de manifiesto las dificultades que tuvo con su ¿hijo? Amenmeses que, tras un breve reinado, pasó sin pena ni gloria a la historia, después de haber dado un golpe de Estado contra su ¿padre? y legítimo heredero al trono, el ya mencionado Seti II, que mandó borrar el nombre de su hijo de todas partes y destruir cualquier recuerdo de él, e incluso, pudo ordenar la profanación de su tumba.
     Retomando las opiniones de García Cordero, la historia de José es una narración didáctica y moralizante, basada en una situación histórica que pudo ser real. Pero lo capital es el punto de vista moral, destacando las virtudes del protagonista que se exhiben como modelos a seguir: magnanimidad ante las injusticias; fidelidad a la autoridad doméstica y nacional; castidad conforme a las normas que Dios impone al pueblo elegido. Todo ello basado en el temor de Dios, de quién acata sus misteriosos designios. Es Dios el que dirige todas las acciones de José. Él mismo lo confirma cuando le dice a sus hermanos: “No sois vosotros los que me habéis enviado aquí”, porque “el mal que habéis querido inferirme, Dios lo ha cambiado en bien”.
     En conclusión, la mano salvífica de Dios se encuentra presente en todo el relato bíblico. José actúa como lo hace porque es voluntad de Dios. Los misteriosos designios que la divinidad tiene dispuestos para su pueblo, son patentes en éste y otros relatos del Antiguo Testamento.
     Por último, ha sido un tema muy repetido en la Historia del Arte. Una muestra de ello es la imagen que inicia esta entrada de “José y la mujer de Putifar”, pintura al óleo del sevillano Antonio María Esquivel realizada en 1854. También tenemos ejemplos en el mundo de la música, como podemos comprobar en el vídeo que aparece al final de estas líneas, que es un fragmento de una película cómica basada en números musicales de la conocida zarzuela del mismo título: “La Corte de Faraón”, que narra episodios de la vida de nuestro personaje en Egipto. Vean lo, un poco de humor siempre es bueno para la salud.

*Se puede consultar otra entrada de este blog-mayo de 2013- con este título para una mayor claridad de la frase anterior.
      R.R.C.


miércoles, 29 de mayo de 2013

Los ushebti


     Es una palabra del antiguo Egipto que significa “los que responden”. Eran pequeñas estatuillas que han aparecido en las tumbas y tenían la función de servir al difunto en el Más Allá. El material empleado para elaborarlos era habitualmente fayenza (cerámica con una terminación vidriada, muy frecuente en aquellos tiempos), también utilizaban madera policromada y piedra, pero los más valiosos eran de lapislázuli que importaban del actual Afganistán, de un azul intenso salpicado de  incrustaciones con pirita dorada y al que los egipcios concedían un gran valor, siendo uno de sus materiales preferidos, si no el que más. En cuanto a su nombre, fue cambiando con el curso de los años, el aquí mencionado responde a la época Saíta a partir del siglo VII antes de J.C., aunque los más antiguos se remontan al Imperio Medio. Respecto al número de estas estatuillas que depositaban en las tumbas, variaba en relación al período e importancia y riqueza de la persona fallecida. En el Imperio Nuevo han aparecido enterramientos con las mismas figuras que días tiene el año: 365, e incluso, superior a esta cifra. Se encontraron más de cuatrocientos en la famosa tumba de Tutankamón, y más de setecientos en la del faraón Sheti I.

     Normalmente eran pequeñas esculturas-bloque masculinas, con la inscripción ushebtis en muchos de ellos. Aparecen de pie y momificados, con un arado o una azada y un saco en la espalda. En su parte delantera llevaban escrito un texto en jeroglífico. En el Imperio Nuevo era habitual el capítulo VI del Libro de los Muertos, pues suponían que, al recitarlo, se les dotaba de vida y trabajarían en lugar del fallecido poniéndose a su servicio. Lograron auténticas maravillas de gran interés artístico.
     Respecto al origen de esta práctica, se plantea la posibilidad de que esté relacionada con una costumbre mucho más primitiva y salvaje, de llevar a cabo sacrificios rituales de servidores cuando moría la máxima autoridad, para que siguieran a su servicio en la otra vida. Estas estatuillas los terminarían  sustituyendo (¡menos mal! Y, bienvenidas sean).
    R.R.C.

lunes, 27 de mayo de 2013

Miguel Ángel: escultor

     Miguel Ángel fue el hombre más significativo del Renacimiento italiano. Nació en las cercanías de Florencia (Caprese) el 6 de marzo de 1475. Vivió convencido de sus geniales cualidades y atormentado al mismo tiempo por esta idea. Concibió el arte como el mayor designio que Dios puede conceder al hombre, una nueva recreación humana. Se sintió, antes que nada, escultor, aunque fue pintor y arquitecto, poeta y científico; todo ello al más alto nivel. Pero la escultura consumió la vida y la ambición del florentino, como lo declara en aquel famoso verso: «...no hay nada que no pueda expresarse con un bloque de mármol...». Extraer de un montón de piedra un cuerpo humano era la máxima ambición de Miguel Ángel. Prueba de ello es que, cuando pinta, lo hace imitando la escultura, y sus obras pictóricas son grandes composiciones escultóricas; cuando concibe un edificio aplica al conjunto el estudio de proporciones del cuerpo humano y lo inflama todo con su humanismo escultórico.
     Giotto, Masaccio, Donatello y Jacopo della Quercia fueron los artistas que más impresionaron al joven Miguel Ángel. A los catorce años comienza en la corte de Lorenzo el Magnífico, en donde realizará una de sus primeras obras, la Madonna de la escalera (1492). Huye de Florencia a Venecia y, en 1494 regresa a Florencia y escucha con devoción a Savonarola.
     En 1496 se traslada a Roma y esculpe la Piedad Vaticana, que acabará en 1499. La república florentina le encarga que ejecute dos obras de gran importancia, El David, símbolo de la fe y del coraje, y el Tondo Doni, primera pintura del artista que ha llegado a nosotros (1503).
     En 1505 el Papa Julio II le llama a Roma para encargarle su mausoleo, tarea que le ocupará cuarenta años, aunque de forma intermitente, pues al mismo tiempo le pide que realice las pinturas al fresco de la bóveda de la Capilla Sixtina. En 1515 vuelve a Florencia, donde el Papa León X le encarga la remodelación de la fachada de San Lorenzo y la construcción de la nueva sacristía con las tumbas mediceas (1519). Después del período negro, muerte de Rafael, saqueo de Roma (1527) y excomunión de Lutero, Clemente VII le confía, en 1534, la decoración de la pared del fondo de la Capilla Sixtina.
     Miguel Ángel sigue un sistema de trabajo personal, pero que se aproxima a las ideas de Leonardo. Se separa de los métodos matemáticos de Alberti. Según Vasari dijo «Es necesario tener el compás en el ojo y no en la mano, porque las manos trabajan y los ojos juzgan». Realiza un estudio profundo de la escultura griega, pero se enfrentaba siempre directamente al bloque de mármol, a partir de su visión interior de la figura. Su dominio técnico es perfecto, de ahí el sobrenombre de "divino".
     MANUAL DE HISTORIA DEL ARTE

domingo, 26 de mayo de 2013

CARACTERÍSTICAS DE LA ARQUITECTURA ISLÁMICA

             Lo esencial del arte musulmán radica en la arquitectura y la ornamentación de la misma. Los materiales más usados son el ladrillo, la madera y el yeso, utilizando en menor medida la piedra, debido a que este material precisaba una costosa extracción y labrado. Sus edificios más significativos son las mezquitas y los palacios, que son  poco elevados,  buscando, sin embargo una gran extensión superficial, por lo que sus elementos sustentantes no precisan ser de gran resistencia. Por ello, los arcos y las cúpulas tienen en general  un sentido decorativo, es decir, son falsos arcos y falsas cúpulas.
            Como elementos de sostén se usan pilares y columnas, principalmente estas últimas. Son generalmente delgadas, puesto que las techumbres pesan poco. Los capiteles pertenecen a varios tipos: el de decoración vegetal, que deriva del corintio, tomado de Roma y Bizancio, el capitel cúbico, el de estalactitas (motivos colgantes, a modo de panal de abejas) y el de pliegues o abanicos, etc.
            Utilizan diversas clases de arcos:
            a) El arco de herradura, uno de los más característicos, es de origen visigótico, pero, mientras este cierra el peralte un tercio de radio, el musulmán lo cierra la mitad del radio. Paralelamente a este proceso tiene lugar el del descentramiento del trasdós, que deja de ser paralelo al intradós, y por tanto resulta más estrecho en los salmeres que en la clave. Además, las dovelas, desde el salmer hasta la línea del medio punto aparecen enjarjadas, es decir, son paralelas entre sí y no radiales. El arco de herradura apuntado, también llamado túmido, es de origen oriental y se engendra al cruzarse dos arcos de herradura.
            b) El arco lobulado, o polilobulado, se utiliza ya en Córdoba durante el siglo X, en la reforma que practica Alhaquen II en la Mezquita, y se caracteriza por la aparición de un número impar de lóbulos (pequeños arcos de herradura): uno de ellos corresponde a la clave del arco. Los hay de tres, cinco, nueve, once e incluso de veintiún lóbulos.
            c) Los arcos cruzados se determinan al asociarse varios en forma secante y son muy frecuentes en la Mezquita de Córdoba, en las reformas del siglo X. El enlace y entrecruzado de arcos son a un tiempo soluciones arquitectónicas y decorativas de gran importancia para el desarrollo del arte hispano-musulmán.
            En el siglo IX aparece el arco de mocárabes. También figuran en el repertorio musulmán el arco de medio punto, el peraltado y el mixtilíneo. Como complemento del arco hay que resaltar el uso del alfiz, moldura que lo enmarca, llamándose albanega al espacio comprendido entre el arco y el alfiz.
            Para cubrir el edificio se emplea mucho la cúpula, pero son cúpulas de modestas dimensiones y de función constructiva enmascarada. La bóveda se usa en sus más variadas formas: semiesférica, de cañón, de cañón apuntado, de arcos cruzados, típicamente española, cuyos arcos generalmente dejan en el centro un espacio libre, donde se coloca una cúpula gallonada, etc.
            En cuanto a los aspectos decorativos, hay que destacar su riqueza: en la arquitectura no se usan motivos animales ni humanos. Son frecuentes los temas vegetales estilizados (ataurique), especialmente las ramas de palmera. Abundan también las composiciones geométricas, formando lazos (lacería). En combinación con ellos suele aparecer la decoración epigráfica, formada por inscripciones religiosas (procedentes del Corán) o por versos, en los que se utilizan trazos rectos (cúficos) y cursivos (nesjies). En la época almohade aparece la decoración de sebka, con rombos entrecruzados.  Desde el punto de vista decorativo también tiene una gran importancia el mosaico, cuya técnica copian de los bizantinos. Se emplean cubos de colores púrpura, amarillo, verde claro, azul, blanco y negro.
MANUAL DE HISTORIA DEL ARTE
NOTA: Imagen y esquema obtenidos de Internet