martes, 4 de septiembre de 2012

“La Sebastiana” de Neruda

     La Sebastiana es una casa que pertenece al poeta chileno Pablo Neruda desde 1959, le gustaba mucho porque reunía las condiciones de accesibilidad y privacidad que deseaba, "que pareciera flotar en el aire, pero que estuviera bien asentado en la tierra", pues los terremotos que acostumbran a dar en esta zona son muy potentes. El nombre lo puso Pablo Neruda en honor al arquitecto que construyó la casa, Sebastián Collados, un "poeta de la construcción”. La casa fue inaugurada el 18 de septiembre de 1961, con una gran fiesta coincidiendo con el día en que Chile celebra su independencia. Neruda solía pasar los nuevos años en La Sebastiana y allí "recibió su último año de vida, 1973. Después de la muerte del poeta la casa quedó abandonada, hasta que en 1992 abrió sus puertas como museo, una vez restaurada. En enero de este mismo año 2012, pasó a ser oficialmente Monumento Nacional.
     La construcción original tenía cuatro pisos, al que Neruda agregó un altillo, pero como gran parte de la vivienda ya estaba hecha, el poeta no pudo hacer modificaciones en su parte externa, pero sí dejó su impronta decorativa y ornamental en el interior. No obstante, el decreto por el cual es declarada Monumento Nacional dice: "el exterior de la casa se caracteriza por poseer una variedad de formas, colores y alturas, diseños originados en ideas que Pablo Neruda tuvo para sus diversas partes, incorporándole a la vivienda elementos como ventanas, escaleras, claraboyas, pasamanos, puertas y quincallerías, que fueron otorgando cualidades únicas a cada espacio".
     Por otra parte, los enormes ventanales y terrazas exteriores ofrecen espléndidas vistas a la bahía de Valparaíso, su puerto y su costa, sin olvidar los cerros poblados con casitas de colores que miran al mar. Neruda le dedicó unos versos titulados A la Sebastiana, en que habla de su construcción.

    R.R.C.
Nota: foto del autor.

El Palacio de Amalienborg de Copenhague (Dinamarca)


     El Palacio de Amalienborg es la residencia oficial del soberano de Dinamarca desde el siglo XVII. Actualmente es la residencia de la reina Margarita II de Dinamarca que habita el palacio durante los meses de invierno. Es un conjunto de cuatro palacios de estilo rococó, está considerado actualmente como una de las mejores piezas de la arquitectura danesa, situados en una bellísima plaza octogonal, cuyo centro se encuentra ocupado por una estatua ecuestre del rey Federico V de Dinamarca (el fundador del complejo) realizada por un escultor francés. El espacio sobre el que se erigió el mencionado complejo fue un regalo de cuatro nobles daneses al monarca, que encargó las obras al arquitecto palaciego Nicolai Eigtved. Eigtved planeó construir cuatro palacios idénticos que se denominan: El Palacio de Cristian IX, el Palacio de Federico VIII, el Palacio de Cristián VII y el Palacio de Cristián VIII.
     Al fondo de esta maravillosa plaza, podemos ver La Iglesia de Federico, más conocida como Iglesia de Mármol que es un templo luterano de planta octogonal, que empezó a construirse a mediados del siglo XVII en estilo barroco. Aunque su construcción fue interrumpida; al final se pudo acabar terminando el siglo XIX.
      R.R.C.
Nota: fotos del autor.

La Expulsión del Paraíso de Masaccio

     Entre1426-1427  Masaccio realiza los frescos de la capilla Brancacci, de Santa María del Carmine de Florencia, a los que pertenece esta escena que nos muestra los cuerpos desnudos de Adán y Eva expulsados del Paraíso, regularmente dibujados en escorzo y justamente coloreados. No destaca aquí el estudio de la perspectiva, sino más bien se nos aparece como el más grande precedente de la «terribilitá» miguelangelesca, el hombre de tremendas actitudes y poderosas proporciones.
     Destaca el carácter realista de los dos seres torturados por la condena que les ha sido impuesta. A pesar de que la ambientación de la escena es mínima, el espectador recibe un fuerte impacto por la densidad dramática que desprende el tratamiento de la misma. A ello contribuye tanto  la presencia del ángel que señala el camino que les conducirá fuera del Paraíso, como la posición de los cuerpos.
     El conocimiento de la anatomía se advierte aquí como un factor decisivo, ya que, gracias a ello, el artista puede otorgar la máxima expresividad a cada una de las partes. Además, hay una contraposición en el gesto de dolor y vergüenza de ambos personajes, lo que Masaccio deja patente son las diferencias psicológicas del hombre y la mujer, pues mientras Adán hunde su cabeza entre sus manos, Eva eleva su rostro hacia el cielo en una actitud de grito incontenido, mientras intenta esconder su cuerpo entre sus manos.
     La sorprendente capacidad de Masaccio para captar la psicología de los personajes, así como para construir un ambiente determinado con muy pocos elementos, queda perfectamente patentizada en este asombroso fresco. El dramatismo de la escena no se limita a la expresividad de los rostros, a sus gestos o ademanes, sino también a la fuerza de que está provista la figura del arcángel sosteniendo la espada y vestido por completo de rojo. El impacto de color que se produce da como resultado la potenciación del sentido dramático de la composición.
     Aunque en el fresco no preocupa la perspectiva, no por ello resulta una pintura plana, como todavía se estaban ejecutando muchas en esta época, pues estamos asistiendo al comienzo de la perspectiva lineal, en la que Massaccio era un verdadero maestro, como nos muestra en otro de sus frescos y más concretamente en la “Santísima Trinidad”. Si nos fijamos en el escorzo del arcángel, que parece salir del fondo, en la prácticamente insinuada puerta del Paraíso, estrecha y elevada y sobre todo, en la tridimensionalidad de los cuerpos de nuestros personajes, en su volumen, que parecen moldeados de arcilla, concluiremos que estamos ante una pintura, en la que se ha creado espacio, en la que los personajes avanzan con paso de fuga, con movimientos rudos, abandonando para siempre el hogar que los vio nacer y ser felices. En cuanto al paisaje, éste no interesa, prácticamente se esboza, un par de montañas de fondo, sin vegetación y un poco de suelo terroso en donde ubicar las figuras. En fin, expulsados por Dios por su desobediencia, que es en el fondo lo que más desconsuelo les produce.
     Manuales de Arte. Adaptado por R.R.C.

La Última Cena de Leonardo Da Vinci


      Pintada entre 1495 y 1497  en el refectorio del convento de Santa María delle Grazie de Milán. Es un temple sobre pared de 460 X 880 cm. En esta obra se encuentran los aspectos fundamentales de la pintura de Leonardo: la sensibilidad del artista y el rigor del sabio, la fuerza de los sentimientos y el orden de la razón. El observador participa en la escena como si fuera un convidado que acaba de levantarse de la mesa y escucha, estupefacto, las palabras de Cristo "Uno de vosotros me traicionará". Este es el momento de la cena de mayor tensión psicológica, donde salen a relucir los sentimientos de los allí convocados y evidentemente, el preferido por el maestro a la hora de elaborar tan vasta obra.

      La originalidad consiste en que la perspectiva real de la sala continúa en la perspectiva de la escena pintada sobre la pared. Hay que advertir, que la pintura se encuentra en la pared del fondo del refectorio de un convento, que a su vez, representa otro refectorio, por lo tanto el primero sería real, mientras el representado en la pintura sería imaginario. La mesa de la cena se encontraría, por lo tanto, en medio del refectorio total, es decir, del real y del imaginario. Como las mesas de los monjes que allí cenaban todas las noches se encontraban a continuación de la de Cristo en el refectorio real, los sentimientos y emociones que deberían experimentar estos monjes al tener como compañeros de mesa a los apóstoles y a su Señor, serían indescriptibles. Todas las figuras convergen en un único punto de fuga central, la cabeza de Jesucristo y más concretamente en su nariz, como centro de su rostro. Este personaje destaca además por su aislamiento, resaltado por el contraste con el fondo y por su disposición piramidal que le confiere una especial dignidad. Leonardo rompe la rigidez de la disposición simétrica de las Cenas toscanas del siglo XV eligiendo el instante más dramático, en el que se anuncia la futura traición, y representando a sus personajes con gestos desordenados y expresiones de angustia.

      La composición se halla en el interior de dos cuadros que componen el rectángulo de la pared: sitúa a los doce apóstoles en sus diagonales en cuatro grupos de tres; dos grupos a la derecha y dos grupos a la izquierda de la figura central, Jesucristo, un perfecto triángulo equilátero, con la misma cantidad de vestimenta azul y roja, simbolizando su parte divina y humana a la vez.

      En el primer grupo, a la izquierda, Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés, que hablan entre ellos; en el segundo, Pedro se inclina hacia Cristo, que sin advertirlo, por lo impulsivo que era, desplaza la figura de Judas hacia delante, aferrado a la bolsa de las monedas, mientras que Juan se interroga desesperado; en el tercer grupo, a la derecha, Tomás levanta el dedo, al lado de Santiago el Mayor y de Felipe; en el cuarto, finalmente, Mateo y Simón se dirigen gesticulando con las manos a Tadeo, que está en un extremo de la mesa. Los cuatro grupos de apóstoles son composiciones piramidales y podemos observar que existe una relación entre los miembros de cada grupo, excepto Judas, que a pesar de formar parte de un grupo de tres se queda al margen de los otros dos apóstoles, está sólo, como no podía ser de otra manera, por la acción que estaba a punto de realizar, además, es el único que no tiene dudas, que no pregunta, sobre las palabras que acaba de pronunciar El Maestro.

      La luz proviene de la izquierda, donde se halla la única serie de ventanas que ilumina el refectorio. Esta luz tenue irradia sobre las figuras dotándolas de volumen. Sus contornos pierden precisión y empiezan a fundirse gracias a las sombras que los envuelven. Además, la apertura de tres ventanas al fondo de la habitación prolonga la mirada y nos introduce en una nueva perspectiva aérea.

      La Cena no fue pintada como un fresco (es decir, extendiendo el color sobre una capa de mortero fresco de manera que al secarse impregne la pared) sino al temple (pintura al agua a la que se añade un aglutinante) sobre una capa seca, ya que a Leonardo le gustaba volver repetidas veces sobre su trabajo, para poder efectuar retoques. Esta elección del pintor, resultó fatal para su estado de conservación, que pronto empezó a deteriorarse, él mismo lo pudo comprobar y a nosotros ha llegado en un lamentable estado de conservación y a pesar de los esfuerzos y cuidados, no se ha podido recuperar como otras pinturas de aquella época. Para colmo, se abrió una puerta en el mismo muro donde se encuentra, afectó a la obra y aunque posteriormente se quitó, ahí queda el resultado.

      Hoy, la restauración de la Cena ha hecho resaltar los colores originales que, con el tiempo, la alteración del material y el humo, habían oscurecido y hecho opacos. Son colores claros y transparentes.
      Manuales de Arte. Adaptado por R.R.C.

Augusto de Prima Porta

      El Augusto de Prima Porta  representa al emperador caracterizado con el tipo del cónsul cum imperio, (con poder sobre el ejército) en ademán de arengar. Es una copia en mármol de un original en bronce, y guarda cierto paralelismo con el Doríforo de Policleto, sobre todo en el gesto. Si el Doríforo representa una belleza idealizada, la cabeza de Augusto refleja sus propios rasgos individuales, aunque embellecidos. Su expresión es contenida y muestra un aire humanitario. Se le representa con esa joven edad madura, el Emperador no podía ser muy joven o viejo, le faltaría experiencia o decaerían sus fuerzas, se trataba pues, de transmitir un mensaje a sus súbditos de las cualidades que debía de poseer el buen gobernante y más aún El Emperador, que no podía mostrar ningún signo de flaqueza.
      Augusto es representado con la indumentaria característica de emperador: la coraza. Aquí, por primera vez, la coraza aparece decorada con relieves, que en este caso ilustran las conquistas de la Galia y de Hispania y todo su programa político, son reminiscencias de los relieves del Ara Pacis. En la estatua original en bronce, Augusto llevaba el calzado propio de un jefe del ejército. Así pues, es de suponer que esta copia en mármol sea póstuma, ya que los pies desnudos son prerrogativa de los mortales deificados. Recordar que Augusto fue proclamado divus, divino, por el senado, tras su muerte, costumbre que fue seguida para nombrar igualmente divinos a otros emperadores, siempre que éstos no lo hubiesen hecho ya en vida, como Calígula por ejemplo.
        El peso está equilibrado. El pie apoyado se contrapone al brazo levantado que en señal de mando se dirige, como la mirada, hacia sus súbditos a los que está hablando. El conjunto presenta una postura más dinámica que el Doríforo, que transmite mayor sensación de reposo. Es la imagen de un gobernante lleno de naturalidad y dignidad, con autoridad pero sin prepotencia.  El delfín y el Cupido que está encima de él actúan de soporte y hacen referencia al origen divino de la familia julia. En este caso Cupido no tiene el mismo significado que cuando aparece con su madre  la diosa del amor: Venus.
         En esta estatua de Augusto, descendiente de dioses y pacificador del mundo, queda creado el tipo de retrato de emperador romano. Se encuentra en el Museo del Vaticano y es del siglo I.
     Manuales de Arte. Adaptado por R.R.C.

domingo, 2 de septiembre de 2012

La mujer de la raya verde de Henry Matisse


     Pintada en 1.905 es un óleo sobre lienzo de 40X32 cm. expuesta en Copenhague y de estilo fauvista. Se trata de un retrato de la esposa del pintor, que pone de manifiesto el uso arbitrario de los colores que defienden los “fauves”. Desde luego, no es el retrato tradicional que se espera que un pintor haga de su mujer.  El fauvismo, cuyo creador fue Matisse, quiso crear una pintura nueva, y para ello, rompió de una manera contundente con el tradicional uso del color, el dibujo y la perspectiva, y con él, empieza la revolución pictórica del siglo XX. Se caracteriza por la utilización de colores muy vivos, de una forma libre, sin que hayan de ser fieles al objeto representado, hecho que en esta obra queda resaltado en la banda de color verde que recorre la frente y la nariz de la mujer retratada. El dibujo es esquemático y geométrico, los colores fuertes y contrastados, además de arbitrarios, como vemos en el fondo de la composición, donde podemos observar cuatro zonas de color distintas y poco realistas. Apenas existe protagonismo de la luz, y hay una total ausencia de perspectiva. El color es, indudablemente, el protagonista.
    
     En resumen, es un retrato duro y colorista, la mujer seria y en posición de posar, ofreciendo un aspecto de tranquilidad y, al mismo tiempo, de tensión. La intención de Matisse al pintar este cuadro, no era reflejar el rostro de su mujer, sino reproducirlo tal y como él lo veía en la interioridad de su alma. Para el autor, lo importante era la sencillez y la claridad, sin olvidar lo principal, insisto: el color.

     En cierta ocasión, una espectadora que visitaba una exposición dedicada a su obra, le recriminó, que una mujer que se exponía no se parecía a lo que trataba de representar, y, él le respondió: “señora, no es una mujer, es un cuadro”. Creo que esta contestación nos puede dar una idea de cómo entendía la pintura, y la libertad que tenía el artista a la hora de representar la naturaleza.
       R.R.C.

La Plaza de España de Roma

      De las innumerables plazas famosas  que tiene Roma, esta es una de ellas que, además, está situada en una de las mejores zonas. Se denomina así porque fue un regalo del Rey Fernando El Católico de Aragón, y aquí se encuentra la embajada española ante el Vaticano. Pero lo más conocido es una impresionante escalera (la más famosa de la ciudad) de 135 peldaños, e inaugurada por el Papa Benedicto XIII en el siglo XVIII, siempre repleta de gente, casi todos turistas descansando, y lugar de encuentro para ciudadanos locales. Al pie de la escalinata nos encontramos con una preciosa fuente barroca del genial artista Bernini, denominada Fontana della Barcaccia  por el parecido que presenta con un barco naufragado. En fin, es uno de los lugares más bellos de la Ciudad Eterna, de obligada visita y, si es posible, descansar en alguno de los peldaños de su monumental escalera.

     R.R.C.

Nota: Fotos del autor