Ya publiqué un post anterior sobre estos pequeños y curiosos artefactos en forma de
cilindro, grabados con variados motivos como dioses, objetos simbólicos del poder,
escritura cuneiforme etc. Para ello
utilizaban piedras duras para hacerlos rodar sobre una superficie más blanda,
normalmente arcilla fresca. Se remontan al IV milenio a. C., al período de Uruk
en la antigua Mesopotamia. Entre las diferentes piedras que utilizaban:
obsidiana, cornalina, hematites… la más
valorada por su hermoso color azul con incrustaciones doradas eran los
elaborados en lapislázuli, el cual se transportaba del actual Afganistán.
El cilindro que ilustra la imagen se
conserva en el Museo Británico. Se le conoce como el sello Adda, uno de los más
significativos que se conservan grabado en huecorrelieve sobre ¿jade, diorita?,
que le da ese color verdoso. Presenta un diámetro de 2.5 cm, tiene una altura
de casi 4 cm y una antigüedad de unos 4300 años, lo que nos llevaría al período
acadio. Aparecen divinidades tanto sumerias como acadias, en el cual observamos
un dios de la caza, la diosa Ishtar,
también se muestra el dios del sol (Shamash) con rayos, un león camina hacia la
derecha rugiendo, etc. La única inscripción cuneiforme que porta se refiere al
dueño como Adda, que ejercía como escriba. Aunque la cuestión que nos ocupa en
esta ocasión, es que estos cilindros sellos eran únicos y dejaban una huella
irrepetible. En la imagen inferior podemos ver el rastro que producían cuando
lo hacían rodar sobre arcilla:
Con lo dicho hasta ahora, no sería una
locura (guardando todas las distancias razonables), compararlo con la firma
digital actual, ya que en ambos casos sirven para acreditar documentos, al
mismo tiempo que avalaría la identidad del autor, y cuyo contenido no ha sido
manipulado. Por lo tanto, cumplía a la perfección una función de
autentificación que no tenía nada que envidiar a la firma digital de hoy en
día, con su huella exclusiva e irrepetible, formalizando el mismo cometido
legal y de filiación que la firma electrónica. Asimismo, cada sello estaba
asociado a una persona distinta, como podría ser un sacerdote o un funcionario,
por ejemplo, lo mismo que los certificados digitales al uso, que se encuentran
asociados a un único usuario. Por último, si se rompía o manipulaba la tablilla
con el sello impreso en ella quedaba anulada; al igual que la criptografía* en
la firma digital. Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que los cilindro sello mesopotámicos son el antecedente histórico más evidente y directo de los sistemas de autentificación modernos.
Los que elaboraban estas obras eran
maestros artesanos especializados en hacer grabaciones en “negativo” con
piedras duras, para poder obtener un “positivo” final al girar el objeto sobre
arcilla, como apunté al principio. Estos operarios contaban con, al menos,
cuatro años de formación utilizando cinceles, barrenas, taladros y otras
herramientas. En fin, in illo tempore,
no estaban desprovistos de sagacidad y erudición.
*Que se
ocupa mediante algoritmos matemáticos cambiar los apuntes legibles en una
configuración ilegible, para protegerlos de otros terceros no autorizados)
R.R.C.

