martes, 3 de septiembre de 2013

La baraja española

     Siempre me han gustado las cartas que integran la baraja española. Ya de niño me llamaban la atención, al igual que le ocurría a otros amigos míos de la misma edad, prácticamente era lo único que teníamos para entretenernos y pasar el rato lo mejor posible. Actualmente, considero que estos naipes (cartas) que forman parte de esta baraja, son una auténtica obra de arte, si se prefiere, en pequeño. Por otra parte, el diseño de las cajetillas de cigarrillos merecería una entrada separada, pero baste decir, que veo en ellas tanto arte como en estas cartas, si no fuera por el horrible texto que cada vez ha ido ocupando más espacio, hasta dejar casi irreconocible la imagen original recordándonos los peligros del tabaco, que las autoridades le obligan a llevar, y que considero necesario. ¿A quién no le atrae el bonito dibujo de un dromedario situado en el desierto, con pirámides y palmeras de fondo, de una conocida marca de tabaco, si no fuese por la advertencia sanitaria? Además, el juego de las cartas y la actividad de fumar, frecuentemente van de la mano, no digo que sea deseable, me limito a poner sobre el tapete, y nunca mejor dicho, una constatación. Si centramos nuestra atención en el tamaño habitual de las barajas y de los paquetes de tabaco, advertimos de que son muy similares, en ambos casos rectangulares, y no un rectángulo cualquiera, sino uno muy concreto, el que se considera en arte el “rectángulo prefecto”, aquel que se obtiene con el número Fi: 1,618, es decir, un rectángulo que cumpla la siguiente proporción: 1,618 de largo por 1 de ancho. En el caso de la cajetilla de tabaco es así, cuyo objetivo, qué duda cabe, es hacerla más atractiva a la vista del consumidor. En el caso de las cartas, se aproximan mucho a esta proporción: 1.583 de largo por 1 de ancho.
     La baraja española es singular, sus cartas, como veremos más adelante, presentan unas peculiaridades que la hacen diferente del resto de barajas del Mundo. Para empezar, hay que dejar claro que no es un invento español. Al igual que ocurre con muchos otros juegos, es de invención china y fueron los europeos los que la trajeron a Europa a finales del siglo XIV. Lógicamente, la baraja que vemos hoy en día, no tiene nada que ver con esta, pues cada pueblo europeo adaptó las cartas a sus costumbres, gustos y tradiciones, siendo, precisamente la española, la que más destaca por la variedad, colorido y riqueza de sus diseños. En primer lugar se adoptó en Nápoles, cuando este reino estaba bajo soberanía aragonesa y pronto pasó a tierras españolas, en donde la baraja experimentó una evolución independiente y distinta a la napolitana, hasta llegar a la que conocemos en la actualidad, que debemos a un impresor burgalés de origen francés y residente en la ciudad de Vitoria, H. Fournier, el cual, presentó una baraja litografiada en 1868, (un año antes de la Revolución de la Gloriosa llevada en España contra Isabel II), y que fue premiada en la Exposición Universal de París. No obstante, el diseño que podemos ver hoy se lo debemos a Augusto Rius, realizado para el propio Fournier.
     Las figuras que aparecen en estos naipes son, claramente, de inspiración medieval y sus cuatro palos: oros, copas, espadas y bastos, simbolizan los cuatro estamentos por los que estaba formada la sociedad de la época: la burguesía dedicada al comercio y gente de dinero (oros); clero y otros religiosos (copas); nobleza y ejército (espadas); por último, agricultores, siervos y demás laboratores (bastos). Por lo tanto, a la sociedad en su conjunto se le hace partícipe del juego.
     Podemos destacar algunas curiosidades: los reyes se representan como hombres mayores y barbudos, pero no todos de la misma edad, pues el de copas y el de oros, parecen más jóvenes que los de espadas y bastos; mientras que los caballos de estos dos últimos palos miran hacia la derecha, los otros dos lo hacen hacia la izquierda, y ya viene ocurriendo así desde el siglo XVIII. Otro hecho que llama nuestra la atención es, que posiblemente, sea la única baraja del Mundo en la que no aparezca una figura femenina. Sería oportuno hacer una apreciación respecto a este último punto, pues hay quién ha sugerido que los pajes, que posiblemente simbolizan a un criado o mensajero, que aparecen en la carta número diez conocidos popularmente como sotas, se representan ligeramente afeminados (espero que nadie vea en esta afirmación ningún tipo menosprecio a otras opciones sexuales, desde luego no está en mi intención, me limito a recoger la sugerencia).
     Se remonta al siglo XVI otra característica que hace aún más única, si cabe, a la baraja española. Es el hecho de que el rectángulo que enmarca a las figuras, en sus lados superior e inferior, deja unas discontinuidades denominadas pintas, que nos sirven para saber a qué palo corresponde la carta, sin necesidad de desplegarla. Mientras que las de oros no tienen ninguna discontinuidad, las de copas tienen una, las de espadas dos y las de bastos tres pintas. Como el número correspondiente aparece en las esquinas, podemos saber la carta de que se trata solo con ver una pequeña parte de la misma, con lo que evitaremos posibles mirones que nos fastidien la partida.
     Una baraja completa tiene, al menos, cuarenta cartas: del uno al siete y sota, caballo y rey. También puede tener las cartas correspondientes al ocho y al nueve, en este caso contará con cuarenta y ocho cartas, e incluso dos que popularmente se denominan monos, en total cincuenta. Todas ellas son completas, pues el hecho de variar el número depende del juego que queramos emprender. Personalmente, no se encuentra entre mis intereses el juego de cartas, a conocidos míos les entretiene más que a mí, saben pasar un buen rato con ellas, siempre que no se convierta en un vicio ¿por qué no? Yo, prefiero quedarme con la estética de estos naipes.
     Desde 1986 existe en la ciudad de Vitoria un museo de la baraja española, que cuenta, según tengo entendido, con más de tres mil ejemplares, aportados por los herederos del fabricante H. Fournier.
       R.R.C.