miércoles, 16 de julio de 2014

EL FARAÓN DE PLATA

     Me refiero a Psusennes I, faraón de la XXI dinastía egipcia que aconteció entre los siglos XI y X a. de J.C., y con ella dio comienzo el Tercer período intermedio de Egipto, que se prolongará hasta mediados del siglo VII anterior a Cristo, quedando el país del Nilo dividido en dos zonas políticas: una al norte dirigida desde Tanis y otra al sur con capital en la vieja Tebas. Además, no sólo eran independientes entre sí, pues en muchas ocasiones también fueron rivales. Por otra parte, mientras que el gobernador del norte ostentaba el título de faraón, el máximo representante del poder tebano era el Sumo Sacerdote de Amón, pero en la práctica era el rey del Alto Egipto, de hecho, fue durante esta dinastía cuando más poder acumuló, llegando a poseer hasta dos tercios de las tierras de los templos de todo Egipto, entre otros muchos bienes. Así, que, era tan poderoso como el faraón que gobernaba los territorios del norte, si no más. Prueba de ello, es que Psusennes I era hijo del Sacerdote de Amón Pinedyem I, mientras que otro de sus hijos heredó su cargo, con lo cual, los dos gobernantes que coincidieron en Egipto en esta época eran descendientes suyos: el faraón Psusennes I en el norte y su hermano el Sacerdote de Amón Menjeperra en el sur. Como vemos, al final, como ocurre ahora entre la casta política española, todo quedaba en familia.
      Respecto a la duración de su reinado, depende la fuente histórica que consultemos, pero las diferencias entre ellas no son significativas. Como ya he escrito sobre este faraón en otras entradas de este blog, mantendré las fechas de reinado que en ellas indiqué: entre el 1039 y el 991 a. de J.C., por lo tanto, gobernó durante un largo período de entre cuarenta y cincuenta años la zona norte  del país sobre la que extendió su dominio, pues, tampoco en este asunto hay acuerdo. No obstante, el tiempo real en el que efectivamente ejerció el poder, se tuvo que ver necesariamente reducido, debido a una artritis que sufrió los últimos años de su vida, con fuertes dolores de espalda, que lo inhabilitaría para ejercer las funciones propias de su cargo, según revelan los análisis forenses a los que han sido sometidos sus restos hallados en un sarcófago de plata.
     El descubrimiento de su tumba se llevó a cabo por el arqueólogo francés Pierre Montet  en 1939, en la necrópolis de Tanis, capital del Bajo Egipto en este convulso período. Se encontró intacta, aunque muy cerca de ella se habían producido saqueos, pero la de este faraón no se vio afectada, convirtiéndose en una de las pocas tumbas reales descubiertas hasta hoy que se han mantenido libres de asaltos y pillajes, lo que aumenta considerablemente el valor de este descubrimiento. Si este hecho no ha sido tan conocido, y no digamos si lo comparamos con la tumba de Tutankamón, es porque el hallazgo se realizó justo el año que comenzó la Segunda Guerra Mundial. En septiembre de 1939, las tropas de Hitler invadieron Polonia y los acontecimientos bélicos se desarrollaron muy rápidamente. El Mundo estaba en otra cosa, los descubrimientos arqueológicos, por importantes que fueran, tendrían que esperar mejores tiempos.
     En su enterramiento se reutilizaron dos sarcófagos de granito: uno exterior de color rojo y otro interior de color negro, dentro del cual, se introdujo un tercer féretro de plata, que contenían sus restos momificados y ricamente adornados con objetos de oro y piedras de adorno como: su impresionante máscara funeraria, sortijas, pulseras, pectorales, etc. Prefirió la plata al oro para el ataúd que debía de conservar su cuerpo para la eternidad, de aquí el nombre, con el que se le suele llamar a este faraón. Tenemos que saber, que este metal precioso se tenía que importar desde muy lejos, con lo cual, se encarecía muchísimo en Egipto, y el trabajo artesanal de la plata planteaba más dificultades que el oro. Todo ello indica que fue un hombre con un gran poder, que supo mantenerlo durante muchos años y falleció, probablemente, de muerte natural.
     El nombre de trono (Nesut Bity) de este faraón, ahí va: Aajeperra setepenamon, que se podría traducir como: Grande es la manifestación de Ra, elegido de Amón. En el cartucho real que se inscribe, el verbo ser no aparece, o sea, ateniéndonos al contexto hay que incluirlo en la traducción. Advertimos el disco solar (Ra); seguido de un signo que representa una columna (aa), que en este caso debemos descifrar como grande; el famoso escarabajo egipcio (jeper) que significa: manifestación; después observamos la divinidad con dos plumas altas, cetro y barba (Amón) y una línea quebrada (n) que actúa como genitivo indirecto e interpretamos como: de; y termina con la representación de una azuela con taco de madera (setepe), abreviatura de: elegido. Para concluir, tan solo señalar, que el término faraón procede del griego, por lo tanto, no es así como llamaban a sus reyes en Egipto. En jeroglífico, se escribía con un rectángulo abierto por la parte inferior que podríamos transcribir como: per; más el signo que representaba una columna: aa, es decir, la palabra faraón en jeroglífico sería: Per-aa.
Nota: para una mayor comprensión, en lo que se refiere a este último párrafo en el que trato de explicar el nombre egipcio del faraón, remito al lector a otras entradas del blog sobre este mismo soberano, o Tutankamón, escribiendo el nombre de uno u otro en el buscador que hay en la derecha. En la imagen superior aparece el Nesut Bity en el cartucho de la izquierda (el expuesto anteriormente) y el Sa Ra en el de la derecha.
Nota II: como una mera cuestión anecdótica, recordar que en la famosa película “En busca del arca perdida” de Indiana Jones, el Arca de la Alianza se busca, y al final se encuentra, precisamente en la ciudad de Tanis.        
       R.R.C.