viernes, 3 de junio de 2016

Cristo en Getsemaní

      
     Es una obra realizada en 1873 de 104x83 cm. del gran artista danés del siglo XIX Carl Heinrich Bloch, expuesta en el Museum of National History at Frederiksborg Castle. Fue un pintor de género y uno de los mejores ejecutores de retratos de su época, y sobre todo el autor más grande para representar tanto la vida como la muerte de Jesús. Recibió el encargo por parte de mecenas daneses de enseñar la vida de Cristo a través de sus pinceles, un magno proyecto que le llevó 14 años de trabajo, con un resultado final de veintitrés obras de una bella factura y una calidad artística fuera de toda duda, entre la que se encuentra la expuesta en esta entrada.
     
     El tema del cuadro recoge parte del episodio que Cristo vivió en el huerto de Getsemaní, previo a su detención y próxima pasión ordenada por parte de las autoridades judías y romanas, y que narra el evangelio de Lucas en su capítulo 22, concretamente en los versículos que van del 39 al 44. En este último podemos leer: “Lleno de angustia oraba con más instancia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra”. Ningún otro evangelio nos pinta con tan vivos colores la agonía de Jesús, y ningún otro pintor recoge este momento trágico con la delicadeza e intensidad de Bloch. Dios Padre le envía un ángel para confortarle y darle fuerza para el duro sacrificio de cargar con la cruz, que está próximo y que Jesús ya se ha hecho consciente en la soledad del instante.
     
     Sobre un terreno duro que todavía podemos ver en el interior de la iglesia de Getsemaní, Cristo se derrumba sobre el regazo del luminoso ángel, apoyando su cabeza sobre su hombro mientras su pierna recibe el peso del cuerpo. Cristo gana la fuerza que le falta para afrontar la tarea de cargar con los pecados de la humanidad, en el gesto reconfortante del ángel, cuando este acoge con su mano y su rostro la cabeza del Salvador. Una escena que estremece hasta el propio árbol seco y falto de vida que vemos a su derecha, y que hace hincapié en el dramatismo del trance. En contraste con la blancura inmaculada del ángel tenemos la túnica roja de Jesús, en una clara alusión a la sangre que estaba sudando, y a la pasión que se acercaba de una manera inexorable. El morado de la capa que lo recubre parcialmente es el color litúrgico de la Cuaresma, que finaliza precisamente con este conmovedor episodio.
   
     Es una obra claramente académica, es decir, que se adapta a las normas establecidas por las academias de bellas artes; con un gran realismo que busca la máxima idealización siguiendo los cánones establecidos por ellas; con una calidad técnica admirable; con un dibujo preciso y acicalado. En fin, el virtuosismo técnico que pone el pintor en práctica en este cuadro resulta prodigioso.

       R.R.C.