martes, 11 de diciembre de 2012

"La fragua de Vulcano" de Velázquez

     Pintado en 1630, en su primer viaje a Italia (1629-1631) es un óleo sobre tela, de 223 x 290 cm. No fue ningún encargo real, pero pronto pasó a la colección de Felipe IV y hoy se expone en el Museo del Prado de Madrid. Velázquez recrea la escena de La Metamorfosis de Ovidio y se inspira en un grabado del pintor italiano Antonio Tempesta realizado unos años antes. La fragua de Vulcano nos aleja definitivamente de la época tenebrista velazqueña. Es la primera obra de tipo mitológico que realizó y en ella conjuga perfectamente la fábula con lo real. Logra dar la sensación de instantaneidad, del preciso momento en que Apolo entra en el taller del dios herrero Vulcano y le anuncia que su esposa Venus, diosa de la belleza, le ha engañado con Marte, dios de la guerra. Como si se tratase de una fotografía, todos los personajes, formando una composición unitaria quedan paralizados en un fugaz momento, en movimientos de absoluta naturalidad.
      Excepto el aura que rodea la cabeza de Apolo, todo el cuadro pertenece al mundo de lo humano: la fealdad de Vulcano, apeado de su deidad, la corporeidad de los herreros, la propia fragua polvorienta. Sin embargo, el rostro de Apolo tiene un tratamiento de divinidad, perfilado en bellas formas luminosas, en las que el cuerpo del dios aparece envuelto en un manto rojo-anaranjado.
      Una de las facetas más celebradas de esta obra es su composición y la ligazón fácil entre los personajes que forman la escena en posturas sueltas, en los que lleva a cabo un estudio perfecto de brazos, bustos, musculatura, etc., individualizados en los volúmenes de los cuerpos por la luz, y reunidos por la estructura de la composición. El herrero colocado de espaldas nos recuerda las estatuas de los héroes griegos y romanos. El más expresivo de todos es el personaje que éste tiene a su lado, despeinado, desfigurado, con gesto de gran sorpresa que se acentúa con su boca entreabierta.  Como en las obras precedentes, los colores varían desde los tonos ocres claros, después más oscuros, hasta los marrones de tierra tostada, con las dos tonalidades encendidas del manto de Apolo y del trozo de metal incandescente sobre el yunque.
    R.R.C.