martes, 5 de noviembre de 2013

El Sínodo horrendo

     También conocido como Sínodo del Cadáver o Sínodo Cadavérico, puesto que se juzgó a una persona ya fallecida. He preferido mantener la traducción de su denominación latina Synodus horrenda. Con este nombre fue recogido uno de los acontecimientos más lamentables de la historia de la Iglesia cristiana, ocurrido en el mes de enero del año 897, en la primitiva y posteriormente destruida por un terremoto, basílica constantiniana o de Letrán de Roma, en donde actualmente se levanta el Vaticano, cuando el Papa reinante Esteban VI,  propuso desenterrar al Papa anterior Formoso para someterlo a juicio, en presencia de los Obispos congregados al efecto y someterlo a escarnio y humillación pública, anulando todas sus actuaciones como Sumo Pontífice, además sufrir La damnatio memoriae, práctica que procedía de la antigua Roma (borrarlo de la historia, como si jamás hubiese existido). El Papa Formoso murió de avanzada edad y después de un pontificado de cinco años falleció el cuatro de abril del 896 y según parece, dotado de una gran inteligencia, habilidad y santidad, lo cual, de nada le sirvió para evitar el esperpéntico juicio al que fue sometido su cadáver ya putrefacto. Para entender lo ocurrido, si ello es posible, hay que tener presente algunas consideraciones que veremos a continuación.
     La creación de los Estados Pontificios, el llamado “patrimonio de San Pedro” en el siglo VIII convirtió al Papa, de hecho, en una especie de señor feudal y dotó al cargo de un poder financiero importante. Su puesto fue a partir de este momento codiciado por las grandes y más poderosas familias de Roma y alrededores, convirtiéndose el Papado en una institución tan peligrosa como ansiada. Con el poder terrenal, el atractivo del cargo se incrementó notablemente. A partir de Carlomagno, al que el Papa León III coronó Emperador, sólo el Sumo Pontífice podía imponer tan sagrado símbolo, aumentando, lógicamente, su poder e influencia política, al menos, entre los reinos cristianos. Consciente de ello, utilizó este hecho como una de sus armas más valiosas.
     En la ciudad de Roma había distintas facciones que luchaban frecuente e intensamente por ocupar el Papado, lo que la llevó al borde del colapso en los últimos años del siglo IX. En este contexto de enfrentamientos encarnizados, tuvo lugar el juicio al Papa muerto, que marca posiblemente el momento en el que Roma queda sumida en la anarquía. La facción que alcanza el poder en estos momentos es la acaudillada por el que decide llamarse Esteban VI. Pronto pone en marcha un proceso solemne contra el Papa anterior Formoso, con la acusación formal, de que había aceptado el título de Papa siendo obispo de otra diócesis, contrariamente a lo que decía el derecho canónico. Pocos serían, si es que había alguno, que se creyese semejante acusación. El verdadero delito que había cometido, era simplemente, que había sido jefe de la facción rival a la suya.
     Mandó desenterrar el cadáver, ocho meses muerto y en plena descomposición, lo vistieron y engalanaron con sus ropas y tiara papales y lo trasladaron a la cámara del concilio. Lo sentaron en el trono que había ocupado en vida. Y para revestir de legalidad  este absurdo y macabro proceso, se le proporcionó al fallecido un abogado defensor, que se le situó a su lado y a malas penas podía soportar el hedor que desprendía. Los obispos que allí estaban tuvieron que presenciar, horrorizados, semejante escena, plasmada por el pintor academicista francés  Jean Paul Laurens en 1870 y que aparece al inicio de esta entrada. En ella, vemos sentado en su trono y ataviado con lujosas vestimentas al Papa muerto, acompañado por un monje puesto a su disposición para que hablara por él en su defensa y al Papa Esteban VI de pie, con su dedo acusador profiriendo todo tipo de gritos, insultos y acusaciones al muerto, mientras su defensor guardaba un prudente silencio. Delante, observamos un incensario humeante para amortiguar los malos olores que se debían respirar en la sala. Al fondo de la escena aparecen los obispos asistentes al bochornoso espectáculo, entre los que se encontraban aquellos que habían sido elevados a dicho rango por el Papa encausado. Se llegó incluso al absurdo, por parte de Esteban, de pedir al muerto que replicase a las acusaciones. Pero como dice el historiador británico E. R. Chamberlin no se produjo ninguna intervención divina y no lo hizo. Y para más sorna añade ¿qué hubiera ocurrido si lo hubiese hecho? “¿No hubiera huido gritando de terror, toda aquella asustada  muchedumbre? ¿Quién hubiera juzgado entonces a Formoso?” recogiendo a Eugenius, 828.
     También molestó mucho al Sumo Pontífice reinante, que el fallecido coronase emperador a uno de los descendientes ilegítimos de Carlomagno, después de haberlo hecho anteriormente con un candidato apoyado por la facción de Esteban VI. Finalizado el juicio, no hubo sorpresas, pues el Sínodo reunido a tal efecto lo halló culpable de todas las acusaciones vertidas contra él. Se condenó al Papa Formoso y se anularon todos sus actos, a la vez que desnudó su cadáver y le cortaron los tres dedos de la mano derecha que utilizaba para bendecir. A continuación, lo arrastraron por toda la sala para entregárselo a una multitud vociferante que aguardaba en la puerta, compuesta por seguidores del Papa reinante, que lo arrastró por las calles de Roma hasta el río Tíber para arrojarlo a sus aguas. Poco tiempo después, sus restos salieron en las redes de unos pescadores y se le volvió a enterrar, al menos, lo que quedaba de él. En realidad, en opinión de Chamberlin, “la degradación del cadáver fue un acto de magia, un medio para que su facción fuese degradada y quedara desprovista de poder”.
     Poco tiempo después, tuvo lugar un fenómeno curioso; esto es, un movimiento sísmico derribó la basílica laterana  en donde se había producido el incalificable juicio, lo que fue interpretado como un presagio favorable a Formoso por sus partidarios, que cogieron fuerzas suficientes para capturar al Papa Esteban, que terminó con sus huesos en la cárcel y estrangulado en agosto de ese mismo año, así que poco le duró su victoria, si es que se puede llamar así. Sus seguidores eligieron como Papa a un cardenal llamado Sergio. Simultáneamente, la facción opuesta eligió a su propio candidato. Pero en fin, esa ya es otra historia y nos salimos del guión. Tan solo añadiré que Sergio III lo volvió a exhumar para volver a ser enterrado de nuevo. En la actualidad descansa, esta vez de manera definitiva, lo que quede de él, en la basílica del Vaticano, tal y como figura en la inscripción que pone fin a esta entrada. R.I.P. (descanse en paz).  
Nota 1. En el listado de Papas que vemos en la lápida de mármol de la basílica del Vaticano en donde se mencionan todos los Papas enterrados allí, Esteban VI, aparece con el numeral de VII y esto se debe a lo siguiente: El Papa Esteban II falleció a los tres días de haber sido elegido Pontífice en el 752 y la elección era válida siempre que se le ordenara previamente obispo de Roma. Su pronta muerte lo impidió, por lo que se consideró nula su elección y fue borrado de la lista de Pontífices. Pero en el siglo XII este requisito fue abolido y pasó de nuevo a ser considerado Papa, hasta que bajo el pontificado de Juan XXIII, se decidió finalmente, que no era Papa legítimo y se eliminó de la lista de Sumos Pontífices. En conclusión, en listados anteriores a 1961, este Papa aparece como Esteban VII en lugar de Esteban VI. Y en la lista de Papas que expongo a continuación, lo hace como Esteban VII, tal y como vemos en el recuadro señalado en rojo.
Nota 2. Al Papa Formoso le sucedió Bonifacio VI que murió dos semanas después. A éste le siguió Esteban VI (o VII).
Nota 3. Todas las actas de este Sínodo fueron destruidas y quedan pocas fuentes históricas que nos informen de ello. No obstante, historiadores como Liutprando de Cremona y alguno más, como el anónimo autor de la"Invectiva in Romam pro Formoso Papa", nos transmiten información que resulta de gran valor, ante la ausencia de documentos oficiales. Poco tiempo después, un nuevo Papa prohibió que se celebrase un juicio a una persona ya fallecida.
Nota 4. Recordar que nunca ha existido otro Papa con el nombre de Formoso II. Aunque en el siglo XV un cardenal elegido para el cargo renunció finalmente a ese nombre y tomó el de Pablo II.
     R.R.C.

Nota: enmarcados en rojo por el autor.