domingo, 3 de mayo de 2015

Los fusilamientos del tres de mayo de Goya


     Es un óleo sobre lienzo (266 X 345 cm.) expuesto en el Museo del Prado de la capital de España. Es un cuadro parejo al 2 de Mayo, en el que podíamos ver la carga de los mamelucos del ejército napoleónico a las órdenes de Murat, aplastando a sangre y fuego el levantamiento popular que tuvo lugar en la Puerta del Sol de Madrid contra el invasor francés. Pintado seis años después de los trágicos acontecimientos que representa, con objeto de "perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa".

     La técnica empleada, totalmente expresionista, está en la línea progresiva y libre del Goya de San Antonio de la Florida y de la Quinta del Sordo. El cuadro no figura en el catálogo de 1858 del Museo del Prado, pero probablemente se colgaron antes de 1865, ya que Manet se inspira en él para pintar a Maximiliano de México en 1867.

     El hecho que Goya quiere conmemorar es el drama que vivió en Madrid a partir de la mañana del 2 de mayo y que finalizó con los fusilamientos de la madrugada del día siguiente, después del ataque del pueblo a la caballería de Murat  a su paso por  la Puerta del Sol. Murat, lugarteniente de Napoleón, acalló Madrid con sangre, como ya hemos apuntado. Comenzaron los fusilamientos en las tapias del Convento de Jesús en el Buen Retiro, en las orillas del río, en la Casa de Campo, en Leganitos, en Santa Bárbara, en la Puerta de Segovia, en Buen Suceso y en la montaña del Príncipe Pío, durando éstos hasta las cuatro de la mañana, momento final escogido por Goya.

     Es la composición más rotunda del artista por las angustias y terribles expresiones de los que esperan la muerte o de los caídos ya, pero sobre todo, por la figura central del patriota desesperado que "alza terrible sus brazos al cielo en señal de protesta, como poniendo a Dios por testigo de la brutal injusticia que le hace morir por la dignidad y la independencia de su patria", según palabras de L. Ferrari.

     Las víctimas, con sus gestos, parecen una apología de las diferentes actitudes que toma el ser humano ante la muerte, mientras, detrás aguardan la misma suerte más condenados. El pelotón de ejecución no muestra sus rostros al espectador, sino que aparece como una fría máquina de matar y, como tal, impersonal y sin mostrar sentimiento alguno. La nota violenta la dan los cadáveres que en primer plano aparecen caídos sobre un charco de sangre.

     Los cuadros cobran toda la fuerza al ser vistos juntos, ya que lo que en uno es movimiento y griterío, en el otro es calma y silencio contenidos. Nos muestran toda la fuerza del romanticismo goyesco: exaltación del color, del movimiento y de los sentimientos, junto a novedades técnicas innegables como el sombreado y perfilado de las figuras.
    
     Por otra parte, nos encontramos ante un cuadro que es un auténtico documento histórico. Además de ser un homenaje al pueblo inocente como víctima inevitable de cualquier guerra.

     R.R.C.