lunes, 18 de mayo de 2015

El cojín de Fernando VII

     
     Los faraones egipcios tenían por costumbre casarse con sus hermanas, para que la sangre real no se mezclara con la popular. Lo único que consiguieron con eso fue dejar seriamente mermada con diversas patologías (consecuencia de la consanguinidad), a su descendencia. La monarquía española no llegó a tanto, prefirieron sobrinas y primas para sus matrimonios a hermanas, que por otra parte, la iglesia Católica nunca las hubiera aceptado. Valga como ejemplo, ya que recientemente he escrito sobre ellos: que Isabel II  se casó con un primo hermano suyo por parte de padre y por parte de madre; su abuelo Carlos IV casado con una sobrina; y su madre María Cristina, sobrina y esposa de Fernando VII, padres de Isabel II (si se han liado un poco y lo tienen que leer dos veces es normal. A mí me quedó bien escrito a la tercera). En el resto de monarquías europeas, el matrimonio entre parientes era una costumbre consentida y deseada por los partidarios de esta forma de gobierno.
    
       En esta ocasión me centraré en las esposas, no en las mujeres de Fernando VII, que tuvo muchas más. Y, antes de referirme a ellas recordaré, que el rey padecía de lo que se conoce en medicina como una macrosomía genital ¡vamos que tenía un aparato enorme! Lo cual, le produjo graves problemas a lo largo de toda su vida en sus relaciones con las mujeres. Además de ser un empedernido misógino, lo que le llevaba a sentir un odio exacerbado por el sexo opuesto. Según certificó un médico de la época, esta deformidad fue el problema por el que sólo su cuarta esposa le pudo dar dos hijas. No tuvo descendientes varones, como él hubiera deseado.
    
       Su primera esposa María Antonia de Nápoles fue prima suya, y sentía una gran repugnancia por él. A la vez que el rey la despreciaba (una historia de amor no fue), con lo que sus relaciones fueron muy complicadas. Murió pronto (no sin antes haber sufrido dos abortos) en circunstancias poco claras, pero lo más probable, es que fuera de tuberculosis.
     
     Su segunda esposa María Isabel de Braganza era sobrina suya, a la cual, denigró, deshonró, desairó, postergó… durante todo el tiempo. También murió joven después de dar a luz una hija que vivió cuatro meses, cuando se encontraba embarazada de nuevo en un avanzado estado de gestación.
   
       Su tercera esposa Mª Josefa Amalia de Sajonia, también fue sobrina suya y bastante menor que él, ya que fue obligada a casarse con tan solo 15 años (el rey tenía 20 años más), y encima, educada en un convento, lo que no ayudó nada para lo ¡qué tenía que ver después! En fin, un desastre de matrimonio, una verdadera desgracia. La noche de bodas, inenarrable. A la brutalidad del rey, se sumó la espantosa visión de su enorme órgano genital. Ella se negó en rotundo y salió corriendo por la habitación dando gritos. Tuvo que intervenir hasta la Santa Sede para convencerla de que no era pecado yacer con él, según le hizo saber el propio Papa en una carta. Sin conseguir quedarse embarazada, diez años después, en 1829 falleció.
    
       Su cuarta esposa Mª Cristina, otra sobrina suya, fue la que al fin, le dio dos hijas a Fernando VII, la mayor de ellas, la futura reina de España Isabel II. Previamente, la esposa solicitó que se ideara algo para aminorar el problema genital del rey. Con este fin, se realizó un cojín de unos pocos centímetros de espesor con un agujero central, para que el monarca introdujera su miembro por ahí durante el coito. Esta almohadilla fue la solución del problema. Poco tiempo después, nacieron sus hijas Isabel y Luisa Fernanda. Esta segunda, no se conformó con un papel secundario, y maquinó para que ser nombrada soberana de un hipotético Reino de Ecuador. Pero en fin, esta es otra historia.

        R.R.C.