viernes, 15 de junio de 2012

Las Meninas de Velázquez

      
      A la pregunta sobre qué salvaría del Museo del Prado en caso de incendio, Dalí contestó que el aire de Las Meninas. El crítico de arte alemán Carl Justi afirmó: “No hay cuadro alguno que nos haga olvidar éste”. El pintor barroco Luca Giordano dijo en 1700 que era la “teología de la pintura”. Así, podríamos seguir con una interminable lista de comentarios que este cuadro ha dado lugar desde que empezó a ser conocido.
     Pintado en 1656, es un óleo sobre tela de 318 x 276 cm. conservado en el Museo del Prado de Madrid. La escena representa a Velázquez mientras está ejecutando un gran cuadro, que no nos ha dejado ver y ha dado lugar a multitud de hipótesis. Una de las más habituales nos dice, que estaba pintando a los reyes que aparecen reflejados en el espejo del fondo. Lo que sí podemos ver son los personajes que aparecen en este gran lienzo, un total de once, por lo que nos encontramos ante un retrato de grupo, concretamente, de la familia real española, junto con algunos de sus asistentes de la Corte. Además del autor; a su izquierda, vemos a doña Agustina Sarmiento, la infanta Margarita, como personaje principal y central (sabemos que Velázquez sentía un cariño especial por ella, la pinta en otras ocasiones, a lo que hay que añadir que en este momento era la heredera del Trono), doña Isabel de Velasco, la enana Mari Bárbola y el enano Nicolasito Pertusato, que apoya su pie sobre un perro, representado con tal naturalismo, que sólo le falta ladrar.
     En un segundo plano, los nobles religiosos doña Marcela de Ulloa y un guardadamas ¿don Diego Ruiz de Azcona?; en el vano de la puerta que se abre sobre la pared del fondo, el aposentador don José Nieto mientras sube los peldaños de una corta escalera. En el espejo colocado al lado de la puerta, en la zona central del cuadro, se reflejan los bustos de la reina Mariana de Austria y del rey Felipe IV,  en pose para ser retratados, si seguimos la hipótesis mencionada.
     El ambiente es un gran salón, muy alto (todos los personajes están comprendidos en la mitad inferior del cuadro), cuya parte central la ocupa la infanta Margarita, limitado a la izquierda por la gran tela sobre la cual Velázquez está pintando, apoyada sobre un caballete; por el suelo y el cielo raso, y por las dos paredes en ángulo recto: en la lateral se abren altas ventanas por las que no entra luz (a excepción de la primera y la última); sobre la del fondo, la puerta que da a una escalera y, bajo dos grandes cuadros con motivos mitológicos, el famoso espejo con las figuras reflejadas de los soberanos, probablemente inspirado en otro espejo del famoso cuadro “El matrimonio Arnolfini” de Van Eyck, que Velázquez conocía muy bien, pues formaba parte de la colección de obras de Felipe IV.
     La impresión de una "visita" al estudio del maestro está acentuada por las actitudes de los personajes y, sobre ella, es el momento preciso que recoge el lienzo (en este sentido el cuadro se adelantaría a la fotografía), podemos plantear lo siguiente: Velázquez, se encontraba pintando en su estudio del desaparecido Alcázar de Madrid. La infanta Margarita, junto con sus cuidadoras, las dos Meninas (es un término portugués) y otros personajes de la Corte, deciden hacer una visita al pintor, mientras tanto, doña Agustina Sarmiento le ofrece de beber en una pequeña jarra de barro y, en ese momento, aparecen los Reyes, o sea, sus padres, por una puerta frente a ella. Y así, podemos explicar la reacción de todos los personajes. 

     Velázquez se ha dado cuenta y deja de pintar, lógicamente como señal de respeto; doña Agustina Sarmiento no lo ha percibido todavía, pues está ocupada con la jarrita, pero sí doña Isabel de Velasco, que está iniciando una genuflexión ante la presencia de sus Majestades; la propia Infanta dirige las pupilas hacia sus padres retirando su atención del perro y del enanito Nicolasito, que sigue jugando o molestando al pacífico animal; sin embargo, Mari Bárbola sí se ha percatado de la presencia real y muestra una actitud respetuosa, al igual que el guardadamas que aparece detrás y guarda silencio mirando fijamente; mientras tanto, Marcela Ulloa sigue hablando con él, porque todavía no los ha visto; por último, José Nieto, a punto de irse, se detiene a presenciar tan importante visita. Obsérvese la elegancia  y buena presencia del propio pintor, si tenemos en cuenta que tenía cincuenta y siete años cuando realiza esta obra. Respecto a la cruz de la Orden de Santiago que lleva en su pecho, se añadió posteriormente; por él mismo, o incluso, por el propio Rey, como indican algunos.      
     La construcción de la perspectiva del ambiente es ejemplar, el “cubo” que atraviesa la tela posee una sorprendente profundidad y siempre ha asombrado y fascinado al visitante. No se trata de un espacio “pasivo”, pues los personajes en primer plano no se dirigen al espectador, sino a la pareja real, más allá del observador, quien se siente físicamente incluido en la composición, como dentro de un espacio cerrado, incluso a su espalda.
     La figura encuadrada por la puerta del fondo (José Nieto), en la que convergen, significativamente, las líneas de la perspectiva, sugiriendo casi la presencia del observador-visitante que ha entrado en la escena, la ha atravesado y, ahora, mientras sale por la puerta del fondo, se vuelve para mirar. No se trata sólo de un extraordinario ejemplo de “caja espacial”, es decir, de un cubo al cual se le quita una pared para mostrar el interior, sino de un espacio cúbico integral que incluye al público.
     Frente al cubo de Las Meninas, es lógico pensar, que el logro de la profundidad del estudio, con las figuras que allí trabajan y viven, incluidos los nobles y el aposentador, no significa sólo la representación de la tercera dimensión, sino también la conquista magistral de la cuarta dimensión, por medio de un mágico mecanismo vital que da vida a los personajes en nuestra sensibilidad.
       Sin duda alguna, nos encontramos ante una de las obras maestras más importantes de todos los tiempos. Una verdadera lección de pintura, que recoge todos los logros conseguidos por los artistas hasta ese momento. Un cuadro para no olvidar. 
       R.R.C.