miércoles, 25 de noviembre de 2015

Bodegón de Zurbarán

    
      Nos encontramos con una naturaleza muerta pintada al óleo sobre un lienzo de 46x84 cm. expuesto en una de las galerías del Museo del Prado de Madrid, brillantemente realizado por el pintor extremeño Francisco de Zurbarán hacia el año 1650 en plena época barroca. Sobre una gruesa repisa de madera coloca de manera magistral cuatro cacharros vulgares representados a tamaño natural: dos de porcelana, uno de arcilla y otro de plata dorada, a lo que habría que añadir los dos platos de metal que contienen las dos piezas que aparecen en las esquinas. Todo ello sobre un fondo oscuro que colabora a que destaquen aún más los objetos que nos muestra en este maravilloso primer y único plano. Esta obra, no guarda secreto ni simbolismo alguno; es, simplemente, pura recreación artística y técnica pictórica.
     
     Zurbarán se enfrentó a este cuadro pintando los tiestos uno a uno, es decir, sin tener en cuenta al conjunto, pintaba un objeto, lo retiraba, y después continuaba con el siguiente. Lo podemos comprobar en la sombra que produce cada elemento que no se propaga en el de al lado, como ocurriría si todos ocuparan el estante a la vez. El foco de luz que ilumina este conjunto procede del lado izquierdo, la cual, es utilizada por el artista para individualizar cada uno de los recipientes y destacar las diferentes texturas que presentan. Además, si nos fijamos en las asas de los objetos, cada uno aparece dispuesto de una manera, produciendo la sensación de que los podemos coger para llevarlos a otro lugar.
     
     En este período, había una auténtica pugna entre escultores y pintores para solventar qué faceta artística estaba por encima de la otra: si la escultura se debía de valorar más que la pintura, o viceversa. Aquí tenemos un buen ejemplo, de cómo la pintura con estos objetos tridimensionales adquiere valores propios de la escultura. Los valores táctiles que decía Berenson, para referirse a la materialidad o corporeidad sobre una superficie plana; a los efectos plásticos, valores escultóricos en fin, que consiguen en el Quattrocento italiano autores como Giotto o Masaccio, por ejemplo. Sin duda, una magnífica obra para el deleite de nuestros sentidos.

       R.R.C.