Es una
pintura al óleo sobre lienzo, más bien de pequeño tamaño, ya que sus medidas
son de poco más de 80 cm de alto por 65 de ancho, y actualmente se conserva en
Londres, formando parte de la colección Wallace. Es una obra de estilo rococó
surgido en Francia durante el segundo tercio del siglo XVIII, aunque esta fue realizada
en 1767 a petición de un rico barón, para homenajear y obsequiar a su amante,
convirtiéndose además en una de las pinturas más características y simbólicas
de este movimiento artístico, que sucedió la Barroco que se sentía más
identificado con el absolutismo, mientras que el Rococó, altamente decorativo y
lleno de tonos pastel con horror vacui (el horror a dejar
espacios en blanco, es más que evidente), estaba más en consonancia con la
mediana y alta burguesía de la época. Digamos, que el Rococó llevó hasta el
extremo el refinamiento y los aspectos decorativos, a los que añade la
sensualidad, del arte Barroco del siglo XVII y parte del XVIII, que surgió como
una reacción al clasicismo renacentista con escasos elementos vistosos y
ornamentales.
A primera vista nos parece un cuadro
inocente, e incluso idílico, nada más lejos de la realidad si continuamos
observando la pintura al detalle. También vemos una naturaleza desbordante que
lo inunda todo, y una sugestiva luz que se abre paso entre ella para que podamos
observar lo que está ocurriendo en la mitad inferior de la tela, que es donde
se desarrolla el acontecimiento. No soy partidario de seccionar los cuadros,
pero en este caso, la parte superior (la mitad del mismo) es perfectamente
prescindible, a pesar de la exuberante naturaleza que nos presenta. Estoy
completamente seguro que si un grupo de espectadores lo comentan, todos ellos
se referirán a lo que ven en la mitad inferior. Vamos a ello:
Vemos, como
escribía antes, lo que sería una inocente y linda escena de una señorita
elegantemente vestida que se balancea en un columpio, en medio de un frondoso
parque británico, a la que se le escapa un zapato, que sale disparado a una
pequeña estatua de Cupido (Eros en la mitología griega), que simboliza,
precisamente, el deseo y la pasión, lo cual contribuye a explicarnos mejor lo
que está ocurriendo. En la penumbra aparece, para unos el marido y para otros
el amante decrépito sentado sobre un banco de piedra, que a través de unas
cuerdas mece el columpio con rostro complacido, pues sus fuerzas ya no dan para
satisfacer la impetuosidad de la joven. A su derecha comprobamos dos cupidos y
un delfín que hacen alusión a Venus, la diosa del amor, el deseo y la
sexualidad; y un pequeño perro ladrando delante de él, que en este caso no
simboliza la fidelidad, como ocurre en el arte en tantas otras ocasiones.
Recordemos, por ejemplo, el matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck. El joven y refinado
amante extiende su brazo de tal manera, que algunos lo interpretan como una insinuación a un falo erecto. Asimismo, se encuentra en la mejor posición, ya que desde su sitio disfruta de una especial perspectiva para observar las piernas
y partes íntimas, que la mujer le muestra sin ruborizarse. Mientras ella
divisa de una manera cómplice su rostro, ve como el “pillín” dirige la mirada a
su sexo.
Haciendo un ejercicio de imaginación,
cabría preguntarse, si el presunto marido era consciente de la situación o no.
Si no lo era, estaríamos ante una infidelidad de la joven amante o esposa. Y,
si lo estaba, peor todavía, ya que estaríamos ante una cuestión de voyerismo masoquista.
Sea como fuere, no es una obra inocente, como nos pudiera parecer en un
principio, sino un cuadro cargado de sensualidad, picardía y erotismo. Creo que
es el mensaje que Fragonard trata de transmitirnos. Por último, después de
estos escarceos y vaivenes, el mundo de la cultura, como se dice ahora en
España, exigirá moderación, mirar, hacer una parada y plantearse nuevos retos,
lo cual llevará la creación artística al Neoclasicismo, una vuelta al mundo
grecorromano.
R.R.C.

