jueves, 6 de marzo de 2014

La historicidad de los milagros de Jesús

     
     Desde un punto de vista científico los milagros no existen, no tienen explicación, la Física no tiene respuesta para ellos. La medicina o las ciencias que se encargan del estudio de la naturaleza no pueden admitirlos y probablemente nunca puedan explicarlos. Por lo tanto, no se encuentran dentro de su ámbito de actuación. Ahora bien, esto no significa que no puedan ocurrir, la naturaleza misma del milagro, implica necesariamente, que no se comporta conforme a las leyes físicas que conocemos y precisamente por ello, no lo podemos comprender. Son muchos los científicos cristianos que admiten esta posibilidad. Pero desde un punto de vista histórico ¿qué podemos decir de la actividad taumatúrgica de Jesús? ¿Se puede afirmar que Jesucristo hizo milagros con los documentos históricos en la mano? ¿Qué nos puede aportar la crítica histórica al respecto?
     Todos sabemos, que los Evangelios y demás fuentes cristianas los dan por sentados, tanto los textos bíblicos, como otros muchos extrabíblicos. El inconveniente que presentan estos documentos es, que siempre se podría decir, que son escritos interesados de gente partidaria de Jesús, que son subjetivos, y que los utilizaban para convencer al mayor número posible de personas, para una causa en la que ellos creían.
      Ahora, nos podríamos hacer la siguiente pregunta: ¿además de las fuentes cristianas, existen otras que informen sobre los milagros de Jesús? Planteado así, la respuesta es no, ya que si esas fuentes existieran, sus autores se hubieran convertido al cristianismo al admitir sus milagros. Pero, sí tenemos informaciones de otros autores, no cristianos, e incluso los podríamos clasificar de anticristianos, que nos revelan que Jesús hizo cosas, llamémosle extrañas, con las que convenció a sus seguidores, pero que estos escritores no pueden calificar como milagros, pues los hubiese convertido en discípulos suyos. Vamos a ello.
     Los historiadores romanos de la época, como Tácito, menciona a Jesucristo en sus Anales, redactados a principios del siglo II, el cual, fue entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato, bajo el principado de Tiberio y poco más. Suetonio, un biógrafo de aquel período, casi no dice nada de Cristo, salvo que el emperador Claudio expulsó de Roma a los cristianos. Anteriormente, un historiador romano o samaritano llamado Talo, menciona las tinieblas que sobrevinieron a la muerte de Jesús explicándolas como un fenómeno natural. Plinio el Joven, también nombra brevemente a los cristianos. En fin, de estos autores, poco más se puede obtener y no podemos esperar de lo poco que aportan sobre Cristo, nada sobre el tema que nos ocupa.
     El historiador judío Flavio Josefo en su crónica “Antigüedades  Judaicas”  escrita hacia el año 93 o 94, en los párrafos 63 y 64 del capítulo XVIII, habla de Jesús de Nazaret, y una vez eliminadas las interpolaciones que algún copista cristiano, probablemente, añadió al texto original, éste quedaría como sigue: “Por ese tiempo existió Jesús, un hombre sabio. Era, en efecto, hacedor de obras extraordinarias y maestro de hombres que acogen con placer la verdad. Atrajo a sí a muchos judíos y también a muchos griegos. Aunque Pilato, por denuncias de los hombres principales entre nosotros, lo castigó con la cruz, no lo abandonaron los que desde el principio lo habían amado. En efecto, todavía ahora sigue existiendo la tribu de los que por éste son llamados cristianos”. Josefo vivía en Roma cuando escribió esto, y ya existía una comunidad cristiana en esta ciudad en esos momentos, que pudo informar al historiador, sobre la existencia y obra de Jesús. Este texto, a pesar de su brevedad, nos resulta muy valioso, pues sabemos que no era cristiano, y no tuvo inconveniente en afirmar que Jesús fue “hacedor de obras extraordinarias”. También hay que reconocer, haciendo crítica histórica razonable, que su aportación no se puede considerar decisiva para el tema, pero tampoco se puede menospreciar. Digamos que es una información importante para la reflexión.
     Tenemos el testimonio de un enemigo declarado de Cristo y de los cristianos, el filósofo griego del siglo II Celso, que escribe una obra contra ellos, temeroso de las conversiones de paganos a esta nueva religión. En su Libro Primero, acusa a Cristo de aprender en Egipto algunos de los poderes mágicos de los que se ufanan los egipcios y después volvió a Israel para ponerlos en práctica, proclamándose dios. Más adelante, en el Libro I, 12 afirma: “Se cuenta, es verdad, y exageran a propósito, muchos prodigios sorprendentes que operaste, curaciones milagrosas, multiplicación de los panes y otras cosas semejantes. Mas esas son habilidades que realizan corrientemente los magos ambulantes sin que se piense por eso en mirarlos como Hijos de Dios.” Evidentemente, está admitiendo que Jesús, para ganarse a sus seguidores realizaba obras difíciles de explicar a la luz de la razón, aunque no los podía considerar milagros, por tener a Cristo y sus partidarios como enemigos suyos.
     Pero el documento de más valor sobre este tema, procede de fuentes judías no cristianas, esta es la opinión al menos, del crítico neotestamentario Herranz Marco, y lo encontramos en un pasaje del Talmud*, conservado en el tratado Sanedrín, que forma parte del Talmud de Babilonia  escrito en el siglo III, dice como sigue en 43a: “La víspera de la Pascua se prendió a Jesús el Nazareno. El heraldo había marchado cuarenta días delante de él diciendo: “Éste es Jesús el nazareno que va a ser lapidado, porque ha practicado la brujería y ha seducido y extraviado a Israel. Que todos los que conozcan alguna cosa en su descarga vengan a interceder por él. Pero como nada se presentó a su favor, fue colgado en la víspera de la Pascua... Ulla (así se llamaba un rabino) replicó: “¿Suponéis que Jesús era alguien por quien se pudiera formular una defensa? ¿Acaso no era un embaucador, acerca del que dice la Escritura: ‘No lo perdonarás, ni lo ocultarás’ (Dt. 13, 8)”. En el caso de Jesús, sin embargo, era distinto, porque se relacionaba con la realeza (era influyente)”.
     En el pasaje anterior, nos encontramos con un texto escrito por judíos que rechazaron a Jesús, y que nada tiene que ver con fuentes cristianas. Más aún, afirma que Jesús fue condenado justamente por un tribunal judío por “practicar la hechicería”. Sus adversarios, precisamente, lo acusan de esta práctica maliciosa, como nos informan los propios evangelios. Pero a la vez, y esto es lo importante para el tema que tratamos, se está reconociendo que hizo obras inexplicables, que llamaron la atención de la gente por su carácter extraordinario. Sus discípulos, no dudaron de que eran milagros que manifestaban su poder divino. Sus oponentes, no podían reconocer lo mismo, pues automáticamente se habrían convertido en seguidores suyos. Si los cristianos se hubiesen inventado tales hechos, los judíos no se hubieran molestado en buscarle una interpretación distinta, con negarlos sería suficiente. Si no lo hicieron, están admitiendo, que desde el principio, Jesús realizó obras que la razón humana no podía comprender.
     Con lo expuesto hasta ahora y especialmente con esto último, desde el punto de vista de la crítica histórica, no debe de existir ningún problema a la hora de admitir la historicidad de los milagros de Jesucristo. El argumento que podemos exhibir en su contra sería, como ya apunté al principio, que no tenemos una respuesta racional para los mismos, es decir, la ciencia no los puede explicar.
     Por último, el científico de prestigio internacional y director del programa que descifró el genoma humano Francis Collins, no rechaza la existencia de milagros. Ateo en su juventud, se convirtió al cristianismo, y afirma, que la ciencia no debe descartar esa posibilidad, a la vez que argumenta, que a Dios no sólo lo podemos visitar en las iglesias, también lo podemos encontrar en el laboratorio. Por otra parte, no se entendería la predicación, ni la actuación de Jesús sin la existencia de los milagros. La creencia en Cristo conlleva la creencia en los milagros.
*Es una obra que recoge las discusiones de los rabinos judíos sobre sus leyes, costumbres, tradiciones, historias e incluso leyendas. Nos encontramos con dos versiones: el Talmud de Jerusalén, que se redactó aquí cuando los romanos crearon la provincia llamada Filistea y el Talmud de Babilonia escrito en esta región. Ambos fueron redactados a lo largo de varios siglos.

      R.R.C.