lunes, 1 de diciembre de 2014

La existencia histórica de Jesús

    
      Quiero dejarlo claro desde el principio de esta entrada: Jesús existió realmente. En la actualidad, no hay ningún historiador serio que sostenga lo contrario de esta afirmación, por muy anticristiano que se manifieste, bien al contrario, sostienen que hay suficientes evidencias de su existencia y de su paso por este mundo. De otros conocidos personajes históricos conservamos mucha menos información y nadie los cuestiona. Sabemos que nació en la provincia romana de Judea siendo emperador Octavio Augusto, que allí desarrolló su labor de predicación y murió en la cruz en tiempos del emperador Tiberio. Los primeros documentos que hablan de Él, son tan sólo de unos cuarenta años después de su muerte, no son muchos, si comparamos con otros casos de la época antigua, en los que no hay problema para admitir su historicidad(1). ¿Qué pruebas hay? Vamos a ello:
     
     En primer lugar, tenemos los Evangelios conocidos por todos que se escribieron en la segunda mitad del siglo I y los podemos considerar fuentes históricas, además de los Hechos de los Apóstoles y Epístolas que aparecen en el Nuevo Testamento(2). Son las fuentes más estudiadas, examinadas y analizadas,  sin miedo a equivocarme, de todas las que existen. En su contra, se podría decir, que son testimonios interesados de personas partidarias de Jesús. Es cierto, y aunque los evangelistas no son historiadores en el sentido estricto, sino autores que dan testimonio de su fe,  de ellos se puede obtener mucha información histórica de la época y de la persona Cristo. La presencia real de Jesús está atestiguada  por documentos cristianos, judíos y paganos. Tenemos testimonios de enemigos acérrimos próximos  cronológicamente, como el del filósofo griego del siglo II Celso, que lo acusa de practicar magia aprendida en Egipto y no hubiera dudado en negarlo, de haber guardado la más mínima duda sobre su existencia.
      
     Por otra parte, el testimonio  de los Apóstoles que convivieron con Jesús es de una gran relevancia, pues si exceptuamos a Judas y a San Juan, dieron su vida sin dudarlo y de una manera voluntaria, por sostener que su maestro era El Mesías. Sería inexplicable esta conducta; de dar su vida, y abandonar sus familiares y labores anteriores de no haber existido, y además, haber visto en Él algo extraordinario, que les llevó a cambiar sus vidas para siempre.
     
     Entre los testimonios extracanónicos, los no contenidos en el canon bíblico, tenemos el de los Padres Apostólicos, que no conocieron a Cristo, pero estuvieron en contacto con los Apóstoles. El de los Padres Apologetas, que fueron los que defendieron la doctrina cristiana en el siglo II y  III, entre los que podríamos mencionar a Tertuliano y a Orígenes, y por supuesto, los Padres de la Iglesia y demás autores eclesiásticos, algo posteriores a estos últimos, de los siglos IV y V.
     
     Recordar también la multitud de evangelios Apócrifos, de autores desconocidos y escritos en distintos siglos, que posiblemente tratan de satisfacer la curiosidad de los antiguos cristianos de conocer detalles de la vida de Jesús, que tras su estudio, podríamos obtener algunos datos. En este apartado podríamos incluir los evangelios Gnósticos, que al igual que los anteriores, no están reconocidos por la Iglesia, pero que cuidadosamente examinados  nos darían información.
     
     Los testimonios judíos(3) con los que contamos son escasos, pero los hay, como podemos comprobar en la literatura rabínica. Los rabinos, sin pretenderlo, con sus burlas a Jesús, acusándolo de hechicería y que nos dejaron por escrito, hicieron un gran favor a su causa, pues al ser enemigos declarados suyos, confirmaron su existencia sin lugar a dudas.
    
      Los testimonios paganos que tenemos, proceden de los historiadores romanos, si bien, prácticamente se limitan a mencionar a Cristo, o a los cristianos. Es el caso de un tal Talo, que parece ser un historiador romano o samaritano del siglo I, menciona las tinieblas que sobrevinieron a la muerte de Jesús explicándolas como un fenómeno natural: "En su tercer libro de historias, Talo llama a estas tinieblas un eclipse de sol. Contra la sana razón, a mi juicio", como matiza el historiador romano de ideas cristianas Julio Africano, muy relacionado con la dinastía imperial de los Severos. Plinio el Joven en su Carta a Trajano, describe la plaga en la que se habían convertido los cristianos, así como el fuerte arraigo que tenían en su creencia. En su obra “Anales del Imperio romano”, Tácito menciona a los cristianos y afirma que su fundador Cristo fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato, siendo emperador Tiberio.  Suetonio  en “La vida de los doce césares”, cuando narra la de Claudio, afirma que expulsó de Roma a los judíos, por hacer revueltas inspirados por Cristo.
    
      He dejado para el final al gran historiador judío del siglo I Flavio Josefo y su crónica “Antigüedades  judaicas”  escrita hacia el año 93 o 94, en la que narra la historia del pueblo judío. En los párrafos 63 y 64 del capítulo XVIII, que se conocen con el nombre de Testimonio Flaviano habla de Jesús de Nazaret. Dice lo siguiente:

     “Por ese tiempo existió Jesús, un hombre sabio, si es que hay que llamarlo hombre. Era, en efecto, hacedor de obras extraordinarias y maestro de hombres que acogen con placer la verdad. Atrajo a sí a muchos judíos y también a muchos griegos. Él era el mesías (cristo). Aunque Pilato, por denuncias de los hombres principales entre nosotros, lo castigó con la cruz, no lo abandonaron los que desde el principio lo habían amado. Él, en efecto, se les apareció el tercer día nuevamente vivo, pues los divinos profetas habían ya dicho éstas y otras muchas cosas admirables acerca de él. Y todavía ahora sigue existiendo la tribu de los que por éste son llamados cristianos” (XVIII 63-64). 
     
     Siguiendo al profesor doctor Antonio Piñero(4), experto en cristianismo primitivo, si quitamos a este párrafo lo que parece seguro que fue una interpolación llevada a cabo por copistas cristianos de los primeros siglos, del IV probablemente, el texto quedaría como sigue:
     
     “Por ese tiempo existió Jesús, un hombre sabio. Era, en efecto, hacedor de obras extraordinarias y maestro de hombres que acogen con placer la verdad. Atrajo a sí a muchos judíos y también a muchos griegos. Aunque Pilato, por denuncias de los hombres principales entre nosotros, lo castigó con la cruz, no lo abandonaron los que desde el principio lo habían amado. En efecto, todavía ahora sigue existiendo la tribu de los que por éste son llamados cristianos” (XVIII 63-64). 
     
     Para lo cual, no habría ningún problema en aceptar este último texto como originario de Josefo, respetaría su estilo y no entraría en contradicción con sus escritos. Además, resultaría muy extraño que no dijera nada de Jesucristo, cuando en su obra se refiere a personajes de la época que no dejaron ninguna huella, mientras que ya había suficientes cristianos a finales del siglo primero, para que merecieran su atención.
     
     Por otra parte, hay que tener en cuenta, que el cristianismo se inició en los confines del Imperio romano, muy alejado de Roma, su centro político, en donde el surgimiento de una nueva religión, abrazada fundamentalmente por la gente más humilde, no suponía ningún motivo de preocupación ni de desestabilización, lo que explicaría la falta de interés de los historiadores romanos por esta cuestión, despachando el asunto con breves reseñas. Pero aun así, contamos con suficientes testimonios extrabíblicos, que podríamos  elaborar una biografía bastante completa de Jesús, sin necesidad de recurrir a los Evangelios. No se podría decir lo mismo de otros personajes del mundo antiguo, si no contáramos con las escasas y a veces interesadas fuentes de las que disponemos. Por poner un ejemplo. El ya mencionado Celso, en su obra “Discurso verídico contra los cristianos”, el cual conocemos gracias a la cumplida respuesta que da Orígenes al mismo, nos aporta datos suficientes para reconstruir la vida y muerte de Jesús, una vez depuradas las mezquindades e insultos que le dedica.
     
     Por último, la lámina de bronce hallada en Jordania que ilustra esta entrada,  podría ser la imagen más antigua que tenemos de Jesucristo, en la que aparece un rostro con corona de espinas y la leyenda “Salvador de Israel”. Descubierta entre el 2005-7 y realizada inmediatamente después de la crucifixión. Su tamaño es muy reducido, como el de un carnet de identidad, sería un indicio arqueológico que podríamos añadir a las fuentes escritas.
     
     Bien, creo que he puesto de manifiesto, que hay pruebas suficientes para sostener la afirmación  que inicia este escrito. No obstante, hay quién se empeña en negarlo todo, que todo es falso e interesado, o bien, interpolaciones(5) y manipulaciones posteriores de los textos originales (que por desgracia no han llegado hasta nosotros, al igual que ocurre con la mayoría de los documentos de esta época, e incluso más tardíos), llevadas a cabo por copistas o escritores malintencionados, probablemente para mantener situaciones de privilegio u otras cuestiones inconfesables. ¡Qué le vamos a hacer!

(1)Las doctrinas de Buda no se pusieron por escrito hasta, al menos, 500 años después de su muerte. Otro ejemplo, la biografía del conocido conquistador del Mundo Antiguo Alejandro Magno se redacta 300 años más tarde de sus conquistas. Así, podríamos seguir con multitud de personajes históricos, a los que nadie, se le ocurriría plantear la más mínima sombra de duda.
(2)El Nuevo Testamento, es el libro con mayor número de copias antiguas y más cercanas a los textos originales en griego, de todos los que nos han llegado de esa época. Existen casi 5800 copias de fragmentos, o de la totalidad del mismo, en su idioma original, y varios miles más, en copto y latín. Además, la concordancia que se advierte entre estos manuscritos es mucho mayor que en cualquier otro libro de la antigüedad y, algunos de ellos, datan de los siglos III y IV, e incluso, el fragmento más antiguo del cuarto Evangelio se remonta a principios del siglo II; y lo más sorprendente, no difiere en absoluto de los que ya conocíamos.
(3)Los textos que en el Talmud y midrás afectan a Jesús son aproximadamente una quincena. De entre los cuales, tres o cuatro lo nombran de una manera expresa, y, un par de ellos transmiten alguna noticia sustancial. Lógicamente, estos textos no pudieron ser manipulados por cristianos interesados en difundir unos hechos que no se corresponden con la realidad.
(4)Agnóstico declarado, no admite la divinidad de Jesús. Sin embargo, cuando le preguntan por su existencia real contesta: “el 99,9% de los investigadores serios -ateos o no ateos, dogmáticos o no dogmáticos, de derechas o de izquierdas- lo admite”, y añade: "Hay más pruebas de la existencia de Jesús que de la de Julio César".
(5) ¿Alguien en su sano juicio puede considerar una interpolación de un copista cristiano lo que afirma Tácito, por ejemplo, en su ya citada obra “Anales del Imperio romano”? Dice así: Nerón, para divertir esta voz y descargarse (del incendio de Roma, de dudoso origen, aunque algunos se lo atribuyen al Emperador) dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición; pero tornaba otra ver a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Evidentemente no, un cristiano de época antigua o medieval, nunca escribiría esto fruto de su pluma.

NOTA I. Me he sentido obligado a escribir estas líneas sobre la existencia histórica de Jesucristo, ante la avalancha de opiniones, que sin ningún rigor, abundan en las redes sociales y en comentarios de muchos medios de comunicación, negando alegremente la realidad que fue Jesús de Nazaret. Muchas de ellas dando a entender, que aquellos que creen en Él son gente de bajo nivel cultural o intelectual. Mientras que los que niegan su presencia aparecen como cultos, científicos e inteligentes.
NOTA II. En mi opinión, quién mejor ha sabido interpretar la figura de Jesucristo, no han sido los teólogos, ni los filósofos, ni los historiadores, ni los científicos; no. Han sido los artistas, los poetas, los literatos, todos aquellos que lo han sabido ver desde el corazón, desde los sentimientos más íntimos y profundos. Valga de muestra un ejemplo: Gustav Janouch, poeta nacido en Eslovenia a principios del siglo XX y fallecido en Praga en 1968, en su libro Conversaciones con Kafka nos dice lo siguiente: «'¿Y Cristo?' Kafka inclinó la cabeza. 'Cristo es un abismo lleno de luz. Hay que cerrar los ojos para no precipitarse en él'». Nunca he leído ni he escuchado nada mejor para referirse al personaje real que fue Jesús de Nazaret.
NOTA III. Hay otras entradas en el blog sobre Jesucristo con los siguientes títulos: Evidencias históricas de la resurrección de Cristo según N.H. Wright en su diálogo con A. Flew; ¿Jesús, o Barrabás?; La piedra de Gabriel; La tumba de Bingen; San Dimas; y La historicidad de los milagros de Jesús.
        R.R.C.