domingo, 1 de marzo de 2015

La siesta de Van Gogh

     Se trata de un óleo sobre lienzo de 73x91 cm. ejecutado en 1890 por el genial pintor Vincent Van Gogh. De estilo Neo-Impresionista, lo podemos contemplar en una de las galerías del Museo de Orsay de la capital francesa. Lo pintó en uno de los momentos de lucidez que le permitía su enfermedad mental durante su estancia en Saint-Rémy de Provence, cuando estaba internado en una especie de asilo para tratar su dolencia.

     El tema y la composición lo toma de otro artista que él admiraba profundamente; de Jean-François Millet, concretamente de su obra “La meridienne” pintada 24 años antes, la cual, formaba parte de una serie de cuatro trabajos. Para elaborar su lienzo, Vincent contaba con una xilografía en blanco y negro de otro autor, que invirtió la imagen con respecto al original y así la reinterpretó, que no copió, Van Gogh. Digamos, que nuestro autor, con su estilo característico de pinceladas largas, gruesas, arremolinadas, espasmódicas… llenó de color. Como él mismo reconoce en una carta que envía a su hermano Theo: “Tuve que trasladar a otro lenguaje, el de los colores, las impresiones de claroscuro y blanco y negro”.
La meridienne de Millet
     Contemplamos una escena en la que vemos una pareja de campesinos franceses en su momento de descanso, después de una dura jornada matinal. Él, se desprende de sus gastados zapatos que deja junto a las herramientas de labor de ambos, mientras ella, agotada, se acomoda a su lado (1). Es la Francia rural interpretada tanto por Millet como por Van Gogh. Hombres y mujeres humildes que vivían de su trabajo. Es un amable y simpático cuadro que me recuerda unas palabras que A. Hauser dedica a los cartones de Goya: “El arte se hace más humano, más accesible, con menos pretensiones; para comunes mortales ya no expresa la grandeza y el poder, sino la belleza y la gracia de la vida”.
     Una de las características del Impresionismo era el uso de los colores complementarios, con el objeto de que destaquen más unos y otros, así vemos sobresalir el azul con su correspondiente complementario el violeta y, especialmente, el amarillo y el naranja. Habría que recordar, que el color amarillo era para él: la vida, la luz, el calor y el color del Sol, como el propio autor comunicó a su hermano en una de las numerosas cartas que le escribió. El amarillo representaba su mundo interior, era el emblema de la felicidad que nunca tuvo. Es el color que repite en innumerables obras, e incluso su casa en Arlés, estaba pintada de amarillo.  
 (1) Obsérvese, que la sombra que proyecta la pareja, se consigue oscureciendo el color conforme a las nuevas normas que sugiere el estilo Impresionista.

       R.R.C.