sábado, 1 de junio de 2013

José y la mujer de Putifar

     
     En el Génesis, el primer libro de la Biblia, nos encontramos con la historia de José, el hijo más amado del patriarca Jacob, el penúltimo de sus doce hijos habidos de su relación con cuatro mujeres, dos de ellas con rango de esposas y otras dos concubinas. Los menores; José y Benjamín, eran hijos de Raquel, su mujer preferida.
     Desde los diecisiete años, José ya era pastor de ovejas junto con sus hermanos, que no tardaron en aborrecerle hasta el punto de retirarle el saludo. Su conducta se explica por la predilección que el padre siempre mostró por él, como prueba el hecho, de regalarle una preciosa túnica de manga larga que lo distinguiese de los demás, detalles como éste, ayudaban a crear un abismo insuperable entre José y sus hermanos. Además de manifestar, el propio José, una clara prepotencia frente a ellos, hasta el punto de tener que reprendérselo el padre y que no hacía más que aumentar el odio que sentían por él. Las consecuencias no se hicieron esperar;  pronto empezaron a conspirar para deshacerse de su hermano cuando se encontraban pastoreando en Dotán. Entre sus malévolos planes se pensó en el asesinato, pero su hermano Rubén que era el mayor, y precisamente por ello, creyéndose responsable de todos, mostró su desacuerdo y propuso echarle a un pozo, como así se hizo, con la idea de salvarle después y devolvérselo a su padre.
     Poco después, pasaba por allí una caravana de mercaderes ismaelitas, o madianitas que se dirigían a Egipto y se lo vendieron por veinte piezas de plata. A continuación, sus hermanos tomaron la túnica que Jacob había regañado a José, la desgarraron y la mancharon con sangre de cabrito para mostrársela a su padre con la mentira de que había sido despedazado por un lobo.
     Una vez en el país del Nilo, los mercaderes lo vendieron a Putifar, eunuco del Faraón y jefe de su guardia (aunque según otros textos bíblicos no era eunuco, ya que era jefe de coperos). Enseguida José ganó la confianza de su dueño. Éste se desentendió de todo y lo puso al frente de su casa y demás posesiones, que pronto empezaron a prosperar.
     Más tarde, la mujer de su señor se fijó en José, nada raro si tenemos en cuenta que era apuesto y de buena presencia, según dice el texto bíblico, y las mujeres de la alta sociedad egipcia de la época estaban ociosas, lo que contribuía a su conducta adulterina, que si no era frecuente, sí se daban bastantes casos, tal y como sabemos por documentos y narraciones egipcias de este período. José rehusó acostarse con ella pese a la insistencia de la mujer día tras día. Llegó hasta el punto de arrebatarle la ropa y tener que salir corriendo fuera de su casa, ante lo cual, ella lo acusó delante de su marido de querer violarla, y él la creyó. Enfureció, como es lógico, mandó prenderle y lo envió a la cárcel. Y aquí detengo mi historia, que continúa durante varios capítulos más del Génesis, en los que se narran otras cuestiones distintas sobre la vida de nuestro protagonista, de las que en esta ocasión, no vamos a tratar.
     La historia de José, como tantas otras del Antiguo Testamento, no es admisible a la luz de la crítica histórica actual. Estas narraciones hay que verlas e interpretarlas de otra manera, si queremos comprenderlas, pero no son hechos históricos tal y como hoy los entendemos. La podemos considerar en palabras del exégeta Maximiliano García Cordero, “como uno de los mejores fragmentos de la literatura universal”. Todo el relato (que aquí no aparece en su totalidad) le hace pensar en una historia providencialista y moralizante que pudo surgir en los círculos sapienciales de la corte de Jerusalén en tiempos del rey Salomón hacia el año mil antes de J.C. Y que fue insertada en el relato yahvista por el redactor del Pentateuco (se puede consultar otra entrada de este blog-mayo de 2013- con este título para una mayor claridad de la frase anterior) situándola entre las narraciones referidas a los Patriarcas de pueblo judío y su salida de Egipto, tendiendo un puente entre ambas situaciones. Siguiendo con nuestro exégeta, ésta y otras muchas tradiciones sobre los orígenes de Israel han de entenderse como confesiones de fe. Serían historias idealizadas que tienen todo el aspecto de una novela histórica de carácter religioso, fundamentada sobre determinados hechos difundidos por la leyenda.
     Por otra parte, tenemos una historia similar anterior en la literatura egipcia, que hacía las delicias de la clase alta y cortesana del país de los faraones, que data de la XIX Dinastía, hacia el siglo XIII antes de J.C. y cuyo argumento es casi idéntico a éste. Por ser más antigua que el relato bíblico, no es descabellado pensar, que el redactor de la vida de José, tuvo presente el pintoresco cuento egipcio, del cual, nos ha llegado una copia en buen estado en el Papiro D'Orbiney, conservado en el Museo Británico. Tanto en el epílogo como en la dedicatoria se menciona al príncipe y futuro faraón Seti II. En resumen dice:
     Los hermanos Anpu y Bata viven como padre e hijo, ambos de una sola madre y de un solo padre. El mayor tenía una casa y una mujer, mientras que su hermano menor estaba con él como criado. Además era un obrero excelente y no había otro en todo el país, pues los dioses estaban con él. Su aportación fue decisiva para el progreso de los bienes de su hermano mayor. Todo iba bien, hasta que un día, éste le mandó que trajese simiente de la arquería y encontró peinándose a la mujer de Anpu, (su hermano mayor). Le pidió que se diese prisa en darle la simiente para regresar al campo. Pero ella entabló conversación con él, adulándole con bonitas palabras, con objeto de entretenerlo y que olvidase el motivo de su visita. Le propuso acostarse con él durante una hora a cambio de regalos. En su respuesta enfurecida, Bata le echó en cara que ella era para él como una madre y su marido como un padre, negándose a sus pretensiones y regresando a la faena con su hermano sin comentar nada de lo sucedido, para no perjudicar a la esposa.
     Sin embargo, la mujer sintió miedo de verse descubierta en sus palabras, se embadurnó como si hubiese sido maltratada y cuando regresó su esposo acusó a su hermano de proponerle acostarse con él y ante su negativa la golpeó, para que no contara nada. Su marido la creyó, se puso como una fiera y se escondió detrás de una puerta para matar a su hermano menor con un cuchillo en cuanto volviera. Su hermano lo vio y salió corriendo… La historia continúa, pero aquí concluyo. Con lo expuesto, es más que suficiente para comprobar la similitud y, probablemente dependencia, del relato hebreo con respecto del egipcio. Pero este asunto no es capital; lo importante radica en la interpretación que hagamos de ambas narraciones.
     Empezando por la última, está creada en un contexto histórico determinado y con fines claramente propagandísticos. Relaciona la familia de Ramsés con la esfera divina, justo antes de la coronación de Seti II, necesitado de este espaldarazo. Así, pues, se ha planteado la hipótesis, de que el papiro perteneció al faraón Seti II, y es una sátira política que pone de manifiesto las dificultades que tuvo con su ¿hijo? Amenmeses, que tras un breve reinado, pasó sin pena ni gloria a la historia, después de haber dado un golpe de estado contra su ¿padre? y legítimo heredero al trono el ya mencionado Seti II, que mandó borrar el nombre de su hijo de todas partes y destruir cualquier recuerdo de él, e incluso, pudo ordenar la profanación de su tumba.
     Retomando las opiniones de García Cordero, la historia de José es una narración didáctica y moralizante, basada en una situación histórica que pudo ser real. Pero lo capital es el punto de vista moral, destacando las virtudes del protagonista que se exhiben como modelos a seguir: magnanimidad ante las injusticias, fidelidad a la autoridad doméstica y nacional, castidad conforme a las normas que Dios impone al pueblo elegido; todo ello basado en el temor de Dios, de quién acata sus misteriosos designios. Es Dios el que dirige todas las acciones de José. Él mismo lo confirma cuando le dice a sus hermanos: “No sois vosotros los que me habéis enviado aquí”, porque “el mal que habéis querido inferirme, Dios lo ha cambiado en bien”.
     En conclusión, la mano salvífica de Dios se encuentra presente en todo el relato bíblico. José actúa como lo hace porque es voluntad de Dios. Los misteriosos designios que la divinidad tiene dispuestos para su pueblo, son patentes en éste y otros relatos del Antiguo Testamento.
     Por último, ha sido un tema muy repetido en la Historia del Arte. Una muestra de ello, es la imagen que inicia esta entrada de “José y la mujer de Putifar”, pintura al óleo del sevillano Antonio María Esquivel realizada en 1854. También tenemos ejemplos en el mundo de la música, como podemos comprobar en el vídeo que aparece al final de estas líneas, que es un fragmento de una película cómica, basada en números musicales de la conocida zarzuela del mismo título: “La Corte de Faraón”, que narra episodios de la vida de nuestro personaje en Egipto. Vean lo, un poco de humor siempre es bueno para la salud.
      R.R.C.