domingo, 2 de junio de 2013

Susana y los dos viejos

      
     En el Antiguo Testamento nos encontramos con una historia que nos recuerda bastante a la narrada en el Génesis entre José y la mujer de Putifar, pero en este caso, la protagonista es una bella y atractiva mujer hija de Jilquías, llamada Susana y desposada con un hombre joven y muy rico de nombre Joaquín. Vivía en una lujosa casa, con un precioso y enorme jardín, en los tiempos en el que el pueblo judío se encontraba cautivo en Babilonia en el siglo VI antes de J.C., bajo la autoridad del rey Nabucodonosor. Aparece narrada en un apéndice del libro de Daniel, uno de los últimos del Antiguo Testamento y escrito por un personaje anónimo, probablemente en el siglo II antes de Cristo, y atribuido a un tal Daniel, profeta cuatro siglos anterior, con el fin, de dotar a la obra de una mayor autoridad. No obstante, las preocupaciones, expectativas y conocimientos que demuestra su autor de los acontecimientos que tuvieron lugar en el siglo II antes de nuestra Era, cuando la dinastía Seléucida gobernaba un amplio territorio que incluía la Tierra Prometida, indican que es ahora cuando fue redactado, y no entonces. Por otra parte, el hecho de ponerlo en el haber del profeta Daniel, de la época de Nabucodonosor, no ha ayudado a la identificación del verdadero  autor.
     
     En esta historia, al contrario de lo que sucede en la de José, la casta y la pura, la que actúa de acuerdo con los mandamientos de Dios, en los que su padre la educó, fue la mujer casada, mientras que los personajes viles y falsos, fueron los dos viejos jueces, convertidos en dos viejos verdes, olvidando así, la confianza que el pueblo de Israel había depositado en ellos y la prudencia que se les presupone a su avanzada edad.
     
     Ha sido un tema muy recurrido en la Historia del Arte, especialmente en aquellas épocas en las que el desnudo, especialmente el femenino, no estaba bien visto, o bien estaba prohibido. Los pintores aprovechaban este tema bíblico para poder representar a una mujer desnuda, sin tener que dar explicaciones por ello. Algo parecido ocurría en la Grecia antigua, cuando aprovechaban las entradas o salidas del baño de la diosa Venus, momento escogido por los escultores para representarla sin ropa.
    
      La historia de Susana y los viejos abarca todo el capítulo 13 del libro de Daniel. Es como sigue:
     
     Vivía en Babilonia un hombre que se llamaba Joaquín y se había casado con una mujer muy bella y temerosa de Dios, de nombre Susana. Sus padres eran justos y la habían educado según la ley de Moisés. Los judíos solían acudir a él por ser el más importante de todos, entre ellos dos ancianos que habían sido nombrados jueces, encargados de solucionar los litigios que se presentaban entre los miembros de su pueblo. Cuando todos se iban, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido. Pero los dos ancianos procuraban verla todos los días y pronto empezaron a desearla, hasta el punto, de perder la cabeza por ella, olvidado su reputación y el alto cargo que ostentaban. Pero no se descubrieron mutuamente su secreto, por la vergüenza que les provocaría ver su deseo descubierto por el otro. Todos los días trataban afanosamente de verla, se había convertido el asunto en una obsesión, de manera que no podían ocultarlo más. Se confesaron mutuamente la pasión que sentían por ella, y acordaron buscar el momento propicio para abordarla a solas y conseguir sus objetivos libidinosos.
    
     Llegó el momento, cuando un día caluroso, Susana entró en el jadían acompañada por dos jóvenes doncellas y le apeteció tomar un baño refrescante, aprovechando que allí no había nadie. Bueno, eso creía ella, pues escondidos y al acecho se encontraban los dos ancianos. Mientras tanto, ella mandó a sus doncellas por aceite y perfumes, con el encargo de cerrar las puertas del jardín para su mayor tranquilidad y no ser observada por alguna mirada indiscreta.
     
     Una vez que la vieron sola, los dos ancianos salieron corriendo, tanto como les permitía su edad, con el objeto de abordarla. Intentaron convencerla para que se entregase a sus deseos y, si no lo hacía, la amenazaron con dar falso testimonio contra ella, acusándola de haber sido testigos de cómo yacía con un joven debajo de un árbol del jardín. La amenaza no hizo su efecto y prefirió ser lapidada por esa acusación, tal y como preveía la Ley en estos casos de adulterio, antes de acceder a sus pretensiones, las cuales, no serían bien vistas a los ojos de Dios. Susana empezó a gritar, al igual que los ancianos. Ante el griterío, los criados se precipitaron para ver qué pasaba, y cuando los ancianos contaron su historia, los criados se quedaron confundidos por la buena opinión que tenían de ella.
     
     Al día siguiente, con el pueblo reunido en casa de su marido, se presentaron ambos llenos de maldad. Susana, la hija de Jilquías y mujer de Joaquín fue mandada a buscar. Compareció acompañada de toda su familia, incluidos sus hijos. Todos los que la querían se mostraron llorosos, mientras ella depositaba todas sus esperanzas en Dios. Los ancianos contaron su falsa historia, afirmando que sorprendieron juntos a Susana y al joven, pero que éste no pudieron atraparlo y escapó, porque debido a su juventud, era más rápido que ellos, además de negarse la acusada a revelarles su nombre. Pese a lo cual, fueron testigos de todo lo ocurrido y, con lo mismo, debía de ser suficiente.
     
     La asamblea les creyó y fue condenada a muerte. En su desgracia, Susana gritó encomendándose a Dios. El Señor la escuchó, y cuando era conducida a la ejecución un jovencito llamado Daniel habló a su favor y, contra todo pronóstico, el pueblo atendió su llamamiento. El joven propuso interrogar por separado a ambos ancianos, para comprobar si había alguna contradicción en sus declaraciones. Como así ocurrió, cuando les preguntó por la clase de árbol bajo el que se encontraba la protagonista cuando fue sorprendida por ellos. Mientras uno dijo una acacia, el otro contestó una encina (esta sencilla idea de preguntar por separado, era valiosa para averiguar la verdad y, hasta cierto punto, se adelanta a su época. Pero ¡pobres de ellos! si no entendían de árboles). Ante esta contradicción, el pueblo proclamó la inocencia de Susana y la culpabilidad de los dos ancianos, que fueron sometidos a la misma pena que ellos querían aplicar a la honrada y bella esposa. Les dieron muerte y, aquel día, se salvó una sangre inocente. Toda su familia dio gracias a Dios, por el hecho, de que nada indigno había cometido nuestra heroína. Y, desde ese mismo momento, el joven Daniel, el profeta Daniel, fue grande a los ojos del pueblo.
     
     Al igual que ocurre con la narración bíblica de la historia de José con la mujer de Putifar, nos encontramos ante un relato similar, en donde lo importante no es la naturaleza histórica de ambas, si ocurrieron realmente o no esos hechos, que evidentemente son inventados, al menos, eso creo. Pero no se trata de engañar nadie, sino de transmitir un mensaje: la confianza y la obediencia a las leyes de Dios. El que así actúa, siempre encuentra su recompensa, aunque ésta parezca, a veces, no llegar. Dios no defrauda nunca a los que persisten en su voluntad. Y este es el fin que persiguen los autores bíblicos con estas bellas aventuras, que llenaban de encanto y optimismo las duras condiciones de vida que, habitualmente, tuvo que soportar el pueblo judío en momentos muy difíciles de su historia.
Necesitado de esperanza y confianza en Dios, los autores sagrados y profetas con sus relatos; propuestos como ejemplos a seguir, colaboraron a ello. En definitiva, lo que importa es el mensaje, no si tal o cual episodio, aconteció de verdad. Recordemos, que Jesucristo contaba parábolas (que no habían sucedido, como todos sabemos) tanto a sus discípulos como a seguidores, con el objetivo de instruirle y orientarlos en su quehacer diario. Y, en última instancia, inculcar en sus corazones: la confianza, la obediencia debida y el amor a Dios.
     
     Son muchas los creadores, que con sus pinceles, han plasmado en sus lienzos este asunto, desde el Renacimiento hasta nuestros días. En el comentario de los mismos no entraré, de momento, quizá en otra ocasión me preocupe de ello. Hasta un poema le dedicó Jorge Guillén*. Por último, que sirva de muestra para ilustrar esta entrada, la pintura de Guercino fechada en 1617 y conservada en el Museo del Prado, en donde enfatiza, las actitudes contrapuestas de ambos vejestorios, de tal manera, que en un juego ilusionista propio del arte Barroco, provocan en el espectador la ilusión de ser testigo de los hechos, e incluso que participa en ellos como voyeurs. En fin, qué le vamos a hacer.
       R.R.C.
                          
                       *Poema Susana Y Los Viejos de Jorge Guillen
                              Furtivos, silenciosos, tensos, avizorantes,
                              se deslizan, escrutan y apartando la rama
                              alargan sus miradas hasta el lugar del drama:
                              el choque de un desnudo con los sueños de antes.
                               A solas y soñando ya han sido los amantes
                               posibles, inminentes, en visión, de la dama.
                               Tal desnudez real ahora los inflama
                                que los viejos se asoman, tímidos estudiantes.
                                ¿Son viejos? Eso cuentan. Es cómputo oficial.
                                 En su carne se sienten, se afirman juveniles
                                 porque lo son. Susana surge ante su deseo,
                                 que conserva un impulso cándido de caudal.
                                 Otoños hay con cimas y ráfagas de abriles.
                                 -Ah, Susana. -¡Qué horror! -Perdóname. ¡Te veo!