jueves, 22 de agosto de 2013

El Friso de las Panateneas


     Fidias, tomando por base lo real, fue quien consiguió remontarse a más altura ideal. Sus obras nos deparan seres de equilibrio físico y moral, que viven una paz interna, dueños de sus pasiones. Animales, dioses y hombres alcanzan sublime grandeza. Fidias ha sido el intérprete de la majestad de los dioses. Por eso su arte se ha comparado con frecuencia con el sistema de las ideas de Platón, medio siglo posterior, y por eso es el que de manera más pura encarna lo que llamamos el ideal de belleza clásico.
      Se trata de un friso realizado en bajorrelieve, de un metro de altura, que rodea por completo la parte alta de la cella del templo, a lo largo de doscientos metros. La representación escultórica de esta ceremonia comienza en el vértice donde se unen los muros occidental y meridional, y adopta allí mismo dos direcciones opuestas: hacia la izquierda en los lados oeste y norte, hacia la derecha en el lado sur, y en ambos sentidos en la fachada oriental, donde confluyen las dos corrientes ante la asamblea de los doce dioses que presencian el desfile del cortejo sentados en cómodas posturas. La ofrenda del peplo, riquísimamente bordado por las Ergastinai o doncellas, se realiza en el centro mismo de esta fachada, encima de la puerta.

      La corte de Zeus, que aunque invisible para los ojos de los mortales, se reparte en dos grupos de seis dioses a cada uno de los lados de la escena de la ofrenda, de suerte que a la derecha quedan Atenea, Hefestos, Poseidón, Apolo; Artemis y Afrodita con su hijo Eros; y a mano izquierda, Zeus, Deméter, Dionisos y Hermes. Junto a los dioses se encuentra un grupo de hombres en pie, quizá héroes, de noble aspecto, y más atrás las avanzadillas de la procesión, que llena los muros restantes con figuras de muchachas portadoras de ofrendas, mozos con reses y utensilios para los sacrificios, ancianos, carros, efebos y jinetes que ocupan con sus cabalgaduras una buena porción de los muros mayores (N y S) y toda la fachada occidental.

     Psicológicamente la unidad es perfecta: las figuras humanas se mueven discretamente, se vuelven, hablan sin levantar la voz; todo aparece poseído de un sentimiento grave. El relieve acusa un modelado plástico insuperable. Los pliegues, llenos de elegancia y de inteligencia, acompañan íntimamente al sentido espiritual de cada figura. Como prueba del cuidadoso estudio anatómico, en los animales se marcan las venas y tendones. Unas dos terceras partes del friso se guardan en el Museo Británico, desde 1801, en que Lord Elgin despojó al Partenón de esta maravillosa obra.
     MANUAL DE HISTORIA DEL ARTE