domingo, 22 de julio de 2012

El matrimonio Arnolfini

      
     Es una obra de Jan Van Eyck, algo posterior (1434). Para ello utiliza la técnica de la pintura al óleo sobre tabla de roble de 82x86 cm. y está expuesta en La National Gallery de Londres. Este retrato representa la ceremonia nupcial del banquero italiano Giovanni Arnolfini, de la ciudad de Lucca, que se asentó en Brujas (Flandes, y actual Bélgica) atraído por las posibilidades  comerciales que ofrecía esta localidad, en la que logró una gran fortuna; y su prometida Giovanna Cenani. Hasta el Concilio de Trento el sacramento matrimonial era oficiado por los mismos contrayentes y, según la tradición, solía celebrarse en el dormitorio. La pose de los personajes resulta teatral y ceremoniosa, casi hierática. El movimiento casi no existe, las formas de las figuras tienen una solidez escultórica. En fin, la escena en general es poco espontánea. El cuadro es un testimonio, un documento visual de un hecho real e importante en sus vidas. Por ello, el pintor actúa como notario al firmar «Johannes van Eyck fuit hic» (Jan Van Eyck estuvo aquí) en vez del habitual «me pintó». El autor flamenco aporta una nueva concepción en la representación del mundo visible. Van Eyck observa y plasma con destreza los más insignificantes detalles de la escena.

      El recurso que usa para crear perspectiva difiere totalmente del estudio matemático de formas y proporciones que en ese momento impera en Italia. Van Eyck utiliza, tanto la minuciosidad en la representación de los objetos, como la luz que envuelve la escena para crear un espacio pictórico, que transmite la sensación de realidad. El recurso lumínico es el elemento que, al envolver todas las imágenes de la tabla, define una atmósfera de verosimilitud. El espejo cóncavo refuerza esta sensación de profundidad.

      Aparece aquí el «simbolismo oculto» del que nos habla Panofsky, y que se encuentra en todos los objetos cotidianos: la posición dominante del hombre se muestra por su postura frontal y su aspecto solemne, él es severo, en cualquier caso, sostiene con autoridad la mano de su esposa, que agacha la cabeza en actitud sumisa y posa su mano en su abultado vientre, señal de su embarazo, que no es real, sino señal de su culminación como mujer casada; la mujer recoge su vestido a la manera de las vírgenes antiguas, simbolizando su virginidad; el perro (de un realismo y una minuciosidad tal, que parece que está pintado pelo a pelo) significa fidelidad y servicio; la única vela encendida en la lámpara-candelabro, muestra que se está realizando una ceremonia y el amor entre los contrayentes permanece intacto. La luz de la ventana, nítida y transparente hace referencia a la pureza de la mujer. El espejo es símbolo de verdad, el «ojo de Dios» omnipresente, que sella la unión de lo visible y lo invisible. De que los nuevos esposos no tienen nada que ocultarse. Muestra la escena de la habitación desde una perspectiva inversa y, hay que destacar el detalle y la minuciosidad que observamos en su marco, en el que aparecen diez de las catorce escenas de la pasión y hasta seis personajes en un espacio minúsculo. Los rosarios que aparecen a la izquierda del espejo, aluden a la necesidad de la oración que debe practicar la pareja durante toda su vida. Todos los objetos tienen, pues, un  significado simbólico-religioso.

     Los colores que predominan en esta obra son claramente simbólicos: mientras el verde alude a la fertilidad, el rojo lo hace a la pasión que debe de existir en una pareja de enamorados. La vestimenta que lucen,  así como otros objetos, o frutas incluso (las naranjas son caras en estas latitudes que, por otra parte, recordarían la tierra de procedencia del esposo), son de un elevado precio, como corresponden a un burgués de la época. Todo en el cuadro indica buena posición, además de la calma y tranquilidad que el hogar de estos potentados ofrecía a sus inquilinos.
       R.R.C.