martes, 21 de agosto de 2012

La Escuela de Atenas de Rafael. Una lección de pintura

             Pintado entre 1509 y 1510, es uno de los frescos, de 770 cm. de base y una altura de 5 metros, que decoran la Estancia de la Signatura, del Palacio del Vaticano. Situada enfrente de la Disputa del Sacramento, que exalta la verdad revelada, la Escuela de Atenas, en el espíritu de la cultura del Renacimiento, pretende celebrar la búsqueda racional de la verdad. Los personajes, sabios, artistas y filósofos, están colocados en el interior de un grandioso edificio decorado con columnas, nichos, estatuas y bajorrelieves que recuerda el proyecto de Bramante para San Pedro, resaltando el significado simbólico y arquitectónico de la monumental bóveda. Sin embargo, el templo representado no es cristiano, sino el templo de la sabiduría, presidido por dos esculturas pintadas en los nichos frontales que representan a Apolo y a Atenea, dioses griegos defensores de las letras y las artes.
            Esta obra es toda una lección de pintura, aquí podemos ver todos los avances y obtenidos por todos los artistas anteriores, en cuanto a perspectiva, uso del color, composición, naturalismo y un largo etcétera. Rafael, más que un descubridor de nuevas fórmulas, fue un técnico de la pintura, que supo aunar todos los logros conseguidos hasta su tiempo.
            Las líneas de perspectiva de la composición confluyen en los cuerpos de Platón y Aristóteles. La arquitectura marca la progresión en profundidad de las distintas figuras. Platón, más idealista, con el Timeo bajo el brazo, que eleva simbólicamente el índice hacia el cielo, y Aristóteles, más realista,  sosteniendo la Ética, que extiende hacia adelante el brazo y la mano, señalando la tierra. A la izquierda de las dos figuras centrales está Sócrates con un grupo de jóvenes; abajo, Epicuro, coronado de pámpanos; Pitágoras, sentado, anota en un grueso volumen mientras un jovencito le sostiene la famosa tablilla que contiene las normas de las proporciones musicales. Detrás, Averroes, caracterizado por el turbante blanco, se inclina hacia él, mientras Heráclito escribe con el codo apoyado en un gran bloque cúbico de piedra. Más allá, a la derecha, Diógenes, reclinado en la escalinata, mientras en primer plano Euclides se inclina para medir con el compás una figura geométrica; a su espalda, Zoroastro frente a Ptolomeo, con la esfera celeste y el globo terráqueo en las manos. Podemos ver a Sócrates conversando con un grupo de jóvenes. La única mujer que aparece en la representación es Hipatia, conocida filósofa, astrónoma y pensadora neoplatónica de los siglos IV y V. Los diferentes grupos de personajes se colocan de manera simétrica y al dejar vacío el espacio central, podemos ver mejor a los dos protagonistas. Toda la obra es de una gran riqueza cromática, lo que refuerza la monumentalidad del conjunto.
             El pasado con su ciencia se relaciona con el presente por una genial perspectiva histórica, pues Rafael dio a personajes de la Escuela el aspecto de artistas y otras personalidades de su época, sin renunciar a estar presente él también. Así, a Platón lo pinta con los rasgos de Leonardo, a Heráclito con el rostro de Miguel Ángel y a Euclides con la cara de Bramante, el arquitecto del Papa. El joven con birrete negro que mira hacia nosotros es el propio Rafael.
       R.R.C.