martes, 7 de agosto de 2012

Miguel Ángel: Tumba Médicis (1.525-1.550)

      Concibió el arte como el mayor designio que Dios puede conceder al hombre, una nueva recreación humana. Se sintió, antes que nada, escultor, «...no hay nada que no pueda expresarse con un bloque de mármol...». Extraer de un montón de piedra un cuerpo humano era la máxima ambición de Miguel Ángel. Prueba de ello es que, cuando pinta, lo hace imitando la escultura, y sus obras pictóricas son grandes composiciones escultóricas; cuando concibe un edificio aplica al conjunto el estudio de proporciones del cuerpo humano y lo inflama todo con su humanismo escultórico. Sigue un sistema de trabajo personal, pero que se aproxima a las ideas de Leonardo. Se separa de los métodos matemáticos de Alberti. Según Vasari dijo «Es necesario tener el compás en el ojo y no en la mano, porque las manos trabajan y los ojos juzgan». Realiza un estudio profundo de la escultura griega, pero se enfrentaba siempre directamente al bloque de mármol, a partir de su visión interior de la figura. Su dominio técnico es perfecto, de ahí el sobrenombre de "divino".
      El modo cómo molduró Miguel Angel las paredes de la Sacristía Nueva de San Lorenzo de Florencia para albergar en los costados dos sepulcros-retablo, crea un ambiente enrarecido y fúnebre, gracias a la dicromía de los mármoles y la tensión en que coloca en hornacinas angostas las estatuas simbólicas. Ningún emblema de la familia, ni epitafios, ni nombres, ni hazañas, como indicando una intención idealizante. Las estatuas sobre las hornacinas han suscitado muy diversas interpretaciones. “El tiempo que consume todo” se puede entender como la clave de lectura más sencilla del conjunto, una meditación sobre la brevedad de la vida. En el sepulcro de Lorenzo, duque de Urbino, fallecido en 1519, sentado en meditabundo silencio y brazo retorcido en espiral, glosa la introspección del Pensamiento, y exalta la vida contemplativa, en contraste con la actitud gallarda y activa de su hermano Juliano, que posee todo el empaque de un general romano en la tumba frontera. Dos alegorías, masculina el Crepúsculo, y femenina la Aurora, se deslizan como el transcurrir del tiempo efímero sobre el plano inclinado del frontón roto, imagen de la vida truncada del efigiado, como en el otro sepulcro el Día -de rostro non finito- y la Noche también lo rubrican. Es notorio el inacabado o non finito de los dos rostros masculinos, especialmente en el Día, que es aquí deliberado intento del artista por escamotear al espectador sus caras heridas por el resplandor solar, técnica que  adquiere carácter pictórico y romántico más tarde, seguido por escultores como Rodin.
      Advierte Panofsky, que Lorenzo y Julián están deliberadamente contrapuestos, porque son dos temperamentos distintos y así lo quiere poner de manifiesto el autor.
           R.R.C.