martes, 21 de agosto de 2012

La Piedad del Vaticano

     
     En 1495 Miguel Ángel se traslada a Roma, donde va a residir casi sin interrupción, bajo el mecenazgo de los Papas. En Roma estudia con afán las obras clásicas,  y las del primer Renacimiento, en especial la de Donatello, y ello deja huella en su estilo, como puede comprobarse en su Piedad del Vaticano, realizada en 1498-9, el autor contaba con poco más de veinte años. Sus dimensiones son 174 por 195 cm. Se encuentra en la Basílica de San Pedro. Como obra de bulto redondo se puede ver desde cualquier ángulo, pero su punto de vista principal es el frontal. Fue trasladada a mediados del siglo XVIII a su ubicación actual, una vez dentro del Vaticano, la primera capilla a la derecha.
            
     El tema de la piedad, fue abordado por el artista a lo largo de su dilatada vida, la última que dejó inacabada, por caer enfermo y por su muerte posterior, es la piedad Rondanini, que anticipa el barroco y muy diferente a la de la imagen, ya que es descarnada y pierde la belleza formal, es todo sentimiento y espíritu.

    Se trata de un grupo en mármol de Carrara de maravillosa belleza, en el que una Virgen de asombrosa juventud, sostiene sobre sus rodillas al Hijo muerto. El mismo Miguel Ángel dijo «La Madre tenía que ser joven, más joven que el Hijo, para demostrarse eternamente Virgen; mientras que el Hijo, incorporado a nuestra naturaleza humana, debía aparecer como otro hombre cualquiera en sus despojos mortales». Por otra parte, el autor afirmaba, que las personas de fe no envejecen nunca.

     Se conjuga el cristianismo -en cuanto a temática- y el clasicismo -en cuanto a la idea de belleza y perfección técnica-, ya que el escultor compartía el concepto neoplatónico de la «presencia de lo espiritual en la materia». El tema de la Pietá supone el momento de mayor humanismo de toda la narración de la Pasión de Cristo.

     El dolor de la Madre ante la muerte del Hijo es callado, íntimo, natural en su sentimiento. Su mano abierta es el gesto que acompaña el dolor y la resignación. Está inclinada sobre el cuerpo yacente. Su manto, con múltiples pliegues, cae al modo clásico, cincelado con oquedades que originan contrastes de luz y sombra.

     El cuerpo de Jesucristo aparece desplomado, sin vida. Para plasmarlo, el artista estudió un cadáver al natural, y así, a través  de una profunda observación, lo dotó de veracidad: la cabeza hacia atrás y el hombro sostenido por la mano de la Virgen, que contrasta con la caída inerte del brazo.

     Enmarcado en un esquema piramidal, el conjunto es delicado, suave, equilibrado y sin exaltación. Los cuerpos están unidos naturalmente y sin esfuerzo. El virtuoso y perfecto trabajo de pulimentación permite que la escultura brille con intensidad y trasmita la sensación de armonía y sosiego. Celoso de su obra, Miguel Ángel labró su nombre en la cinta que cruza el pecho de la Virgen y es su única obra firmada.
       R.R.C.