Basándome
exclusivamente en las informaciones que nos transmite el texto bíblico, y en las
costumbres de otros pueblos semitas de la antigüedad, seguiré esta narración en
el Génesis tal y como nos la presenta le Biblia de Jerusalén. También hay que anunciar
que ha sido uno de los temas preferidos de pintores y artistas en general desde
hace varios siglos. Por recordar un hecho concreto que ocurrió en el Renacimiento,
en la ciudad italiana de Florencia, sacaron a concurso este tema para encomendar
los relieves de su baptisterio; al final, tuvieron que escoger entre el trabajo
llevado a cabo por Brunelleschi y Ghiberti, imponiéndose este último. Aquí en
España, por ejemplo, destaca la escultura policromada de madera de 1526 de
Alonso Berruguete, la que vemos al principio de este post. Pero no es de arte
de lo que vamos a tratar aquí, sino de la interpretación que se podría hacer de
este asunto.
Para empezar, hay que tener presente que
el nacimiento de Isaac fue un regalo de Dios, como no podría ser de otra
manera, teniendo en cuenta que Abraham había cumplido los 100 años y su esposa
Sara 90, lógicamente, ya hacía muchos años que no estaba en condición de procrear. Pero para
Dios no hay nada imposible. Anteriormente, Abraham ya había tenido otro hijo;
Ismael, con una esclava egipcia de su mujer llamada Agar. No obstante, sabiendo
que ella era la única que le había dado descendencia al patriarca, se volvió
soberbia y orgullosa ante Sara, hasta el punto que tuvo que pedirle a su marido
que la echara de allí por sus impertinencias. En efecto la expulsó al desierto
a Agar con su hijo Ismael. Eso sí, dios se comprometió cuidar tanto de la madre
como de su hijo Ismael, del que los Ismaelitas se consideraron descendientes.
Una costumbre bárbara, por decir algo, que tenían los pueblos semitas vecinos era la de sacrificar al hijo primogénito a sus dioses, pues sus mujeres pasaban antes de casarse por los templos y, en consecuencia, por la cama de los sacerdotes como representantes del dios en la tierra. Visto así, es natural que los dioses exigieran al primogénito de la familia en sacrificio al que consideraban suyo, y de esta manera se iba renovando su sangre y la naturaleza en general. Luego, en este contexto, sería sensato que el Dios de Abraham exigiese lo mismo a su siervo, se limitó a pedirle que le devolviese su preciado regalo sin explicación alguna. Le dijo que tomase a su hijo y lo llevase al país de Moria, al que tardaría tres días en llegar y por el camino ya le iría dando instrucciones. Mientras ascendían al altar del sacrificio (situado en la colina en donde más tarde se levantaría el Templo de Jerusalén), Isaac preguntaba a su padre que donde estaba el cordero para el holocausto; él le contestaba: “Que Dios proveerá”. Situado para el sacrificio, el Ángel de Yahveh dijo a Abraham que no hiciese daño alguno al muchacho, y le envió un carnero para realizar la inmolación. Es evidente que en el fondo existe una íntima relación entre este relato y la pasión de Jesús: “El cordero de Dios que quita -con su sacrificio- los pecados del mundo”. Recordemos las palabras de San Agustín cuando nos decía: que, el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo.
Además de no consumarse, en esta narración hay una diferencia fundamental respecto a la ofrenda del primogénito de los
otros pueblos semitas. Abraham lo hizo por su fe en Yahveh, fue un acto de FE*,
el primero del que tenemos registro en la historia, si bien, la Biblia también
nos añade de que lo llevó a cabo por su temor a Dios. Aunque el Génesis refiere
estos acontecimientos hacia la primera mitad del segundo milenio a.C., la
verdad es, que no se pusieron por escrito hasta el siglo VII o VI a. C. Asimismo,
en los primeros versículos el cap. 20 del Éxodo no niegan la existencia de
otros dioses, se le impone al pueblo elegido que no adoptará ni se postrará a
otras divinidades que no sea Yahveh. Y, más adelante en el versículo 14 del
cap. 34, incide en el que no se postrarán ante ningún otro dios que no sea
Yahveh. El monoteísmo riguroso no lo abraza el pueblo judío hasta, por lo
menos, el siglo VII a. de C. Por si
alguien piensa que los egipcios fueron pioneros en este tema, baste recordar
que el célebre faraón Akenatón no era un monoteísta, es decir, no creía en un
solo dios universal y verdadero y rechazaba a todos los demás como falsos. La
egiptología actual tiende a considerar su reforma religiosa como henoteísmo, o
sea, solo se le puede dar culto a un único dios, en este caso a Atón, pero no
se rechaza de plano la existencia de los demás. También hay que tener presente
que el culto a Atón era exclusivo de él, su mujer, y como máximo de la familia
real, ya que el pueblo solo le podía rendir adoración a través del faraón.
Para concluir y como historieta, no quiero
elevarlo más allá de la categoría de anécdota, y aunque en realidad es una
cabra de 42 cm de alto (cuernos de lapislázuli incluidos). Con una antigüedad
aproximada de 4500 años, se halló en la ciudad sumeria de Ur, de donde era
Abraham; su descubridor, el arqueólogo
inglés Leonard Woolley, la relacionó con el carnero que sacrificó el patriarca
en lugar de su hijo Isaac. Exhibido en una vitrina del Museo Británico, sus
patas las apoya en el “árbol de la vida” adornado con láminas de oro y
relacionado con la fertilidad.
*Como afirma
Mircea Eliade, filósofo e historiador de las religiones en su libro: El mito del eterno retorno.
R.R.C.