Probablemente, el emperador de los aztecas Moctezuma II se la regaló, entre otros objetos de los mexicas, a su conquistador español, cuando todavía se llevaba bien con Hernán Cortés. Al que parece ser que no le hizo mucha gracia, y la envió a Europa junto con otras piezas que no fueron valoradas en el Viejo Continente del siglo XVI, salvo alguna rara excepción, como el alemán Alberto Durero que fue consciente de su mérito artístico y metafórico. No obstante, se cerró un trato por el que Christy Fund la compró en Italia en 1894 por la baja cantidad de 100 libras esterlinas, para acabar, como no, en una vitrina del Museo Británico y convertirse en la pieza más admirada de esta cultura mesoamericana. Una vitrina que, por cierto, está escasamente iluminada y delante de un fondo negro, que aumenta su efecto inquietante y terrorífico, con esa actitud amenazante de la serpiente. A pesar de ello, cuando visitaba el museo con mi nieto Michael de 5 años siempre me pedía que lo llevara a verla (perdonen la licencia).
Esta culebra ondulada con dos cabezas de
poco más de 43 cm de largo por 20.5 de alto, compuesta principalmente por un
mosaico de piezas de turquesa que recorren su ondulado cuerpo. Colocadas sobre
una base de madera de cedro que fue vaciada parte de ella para disminuir su
peso. Se utilizaron unas dos mil teselas de distintas formas pero muy bien
acopladas entre ellas, pegadas con resina. Los ojos de ambas cabezas que
aparecen vacíos, acaso en su tiempo, estarían ocupados por esferas de pirita
negruzca, mientras que para los dientes se emplearon conchas de caracol pala,
que contrastan con el color rojo ejecutado con concha de ostra.
También es probable que este reptil no
se lo debamos a los aztecas, ya que este tipo de trabajos lo pudieron llevar a
cabo los mixtecas, pues tenían más habilidad para este tipo de representaciones,
y como tenían que pagar tributo a los aztecas, a los cuales estaban sometidos,
esta obra pudo ser uno de esos tributos.
La interpretación de la misma resulta
harto difícil. Para empezar, sabemos que las serpientes, en general, no pasaron
inadvertidas en las tribus primitivas de
muchos lugares de la tierra, y en una gran cantidad de culturas antiguas más
avanzadas como las que nos encontramos en Oriente Medio, en Mesopotamia, por
ejemplo. De la serpiente que estamos tratando hay quien opina que la podemos
explicar cómo una alegoría del
renacimiento, por el hecho de renovar su piel vieja por una nueva. Aunque esta
interpretación nos valdría para muchas civilizaciones que no tuvieron relación
entre sí. También con una función que pone en contacto el cielo y la tierra con
cada una de sus cabezas. Asimismo, como en otras muchas culturas, a modo de
imagen de la fertilidad. En el Relato de Adán y Eva que narra el Génesis, la
serpiente desempeña un papel principal cuando engaña a la pareja que gozaban de
la inmortalidad, para que comiesen del árbol que Dios les había prohibido, y
así, que se convirtieran en seres mortales. En la leyenda de Gilgamesh, en la
tablilla número once, en donde el héroe de esta historia está a punto de
conseguir la eterna juventud y en un descuido una serpiente pone fin a su
anhelo mientras tomaba un baño relajante. Utnapishtim, le comunica a Gilgamesh,
que en el fondo del mar se encuentra una planta que lo hará joven de nuevo, se
pone manos a la obra, se sumerge en su búsqueda y la encuentra. Se dirige con
ella a su ciudad natal: Uruk, pero en el camino es cuando decide tomar ese
imprudente baño, momento que aprovecha la astuta serpiente para comerse la
planta, privando así al protagonista de esta aventura de su ansiada
inmortalidad, mientras ella conservará para siempre su juventud.
Por último, esta escultura que debe tener
entre 500 y 600 años, formó parte de “Una historia del mundo en cien objetos”
que el Museo Británico tuvo a bien presentar hace unos pocos años.
R.R.C.