jueves, 9 de mayo de 2013

LA ESCULTURA ROMANA


     La escultura romana tiene su origen en la griega, y también como en ella, existe un importante capítulo helenístico integrado por los artistas griegos o romanos formados en Grecia y establecidos en Italia, que trabajan en el estilo de su época o que se ciñen a imitar o copiar los modelos de épocas anteriores.

      Sin embargo, no habrá que desdeñar el influjo etrusco sobre la escultura romana. Si Grecia dejó sentir su huella en el sentido de una idealización del retrato, lo que éste tenga de más realista habrá que ponerlo fundamentalmente en el haber de los etruscos.

      Los escultores romanos trabajaron principalmente el mármol, muy abundante en Italia; fundieron muchas esculturas en bronce, de pequeño o gigantesco tamaño, pero puede decirse que todos los materiales fueron tallados por ellos, desde la madera a las piedras más duras y ricas. En técnica escultórica nadie aventajó a los romanos, que se sirvieron del trépano para las labores más profundas (sobre todo el tratamiento del cabello).

      El tema predilecto de la escultura romana es el hombre. El hombre siempre aparece concebido en función de su categoría social. Sin embargo, los escultores romanos no se preocupan por el cuerpo humano embellecido, como los griegos. El artista no es imaginador de formas ideales, ya que su misión es seguir la naturaleza.

      Otra característica muy importante es el anonimato del artista que es considerado un funcionario. Hace estatuas y relieves históricos no para lucir su estilo, sino para honrar a las autoridades. Los romanos admiran las obras, pero desprecian a quienes las realizan, de ahí el anonimato de los artistas y la inutilidad de estudiar la escultura romana por individualidades artísticas.

             EL RETRATO Y EL RELIEVE HISTÓRICO:

      El retrato es, probablemente, el género preferido en Roma. Se origina en el culto familiar a los antepasados, manes, más que en el culto funerario, aunque luego estas imágenes vayan destinadas a la tumba. Respecto a las que van al cementerio, se mantuvo durante mucho tiempo la tradición de figuras genéricas con escasos signos de individualización. Existen numerosos ejemplos de cipos en las necrópolis y vías de enterramiento, siempre partiendo de que la costumbre del retrato sobre la tumba es muy tardía. Las imágenes de los antepasados muertos iban destinadas al larario o armario que se conservaba en la vivienda familiar.

      La mayoría de retratos romanos que han llegado firmados por sus autores -unos cuarenta- lo han sido por artistas griegos y lo están en lengua griega. Pero si los artistas griegos aportaron su técnica y destreza, los romanos impusieron su afición al retrato fisonómico, descriptivo, realista y veraz. Impusieron, como clientes que pagaban, sus gustos a los artistas.

      El ius imaginum pertenecía, según Polibio, sólo a las familias patricias, que usaban el retrato como culto familiar y funerario, pero este derecho se va abriendo paso entre las clases medias y plebeyas, que lo mantendrán durante más tiempo. Mientras los patricios fueron los únicos en ser admitidos a las magistraturas ordinarias, ellos solos poseyeron el ius imaginum; después se extendió el derecho a las familias plebeyas.

     A lo largo del tiempo hay una variación en la forma del retrato. Se cultiva de cuerpo entero, de pie, sedente y ecuestre, o sólo de la parte superior. Hasta tiempos de Octavio el busto sólo comprende hasta el cuello. En el siglo I se va alargando hasta comprender ya parte del pecho y los hombros. A fines de la centuria siguiente se esculpen ya retratos de media figura.

      La corriente idealista será patente en la época de Augusto. Sus retratos testimonian el aspecto que debe tener un gobernante perfecto: a los ojos de los romanos, Augusto tenía que aparecer como un gobernante inteligente, bueno y poderoso. Esto significa unas dotes nada comunes. Pese a su edad, la vejez no puede asomar al rostro, pues sería indicio de decadencia, cuando las energías abandonan al hombre. De ahí esa joven edad madura con que habitualmente se le representa.

      Después de la muerte de Augusto, aparece un nuevo tipo de retrato, en el que se presenta al emperador semidesnudo y coronado de laurel. El último paso en esta marcha ascendente hacia la divinización es figurarle con atributos divinos, tan excelsos como el águila del padre de los dioses. A esta época pertenecen los retratos de  Tiberio y Claudio.

      El retrato con peinado bajo, con pequeños mechones irregularmente dispuestos sobre la frente, perdura hasta Trajano. La barba se generaliza a partir de Adriano. El retrato más importante de tiempos de este emperador es el de Antinoo, el joven de Bitinia que, formando parte de su séquito, para evitar la fatal desgracia que amenaza al emperador, se suicida arrojándose al Nilo. 

      De las emperatrices, aunque sólo algunas tienen actividad pública señalada, existen hermosos retratos, y, como en el caso de los emperadores, sirven de jalones para conocer la evolución del retrato femenino, en el que el peinado es factor aún más valioso. Destacan los de Livia, mujer de Augusto.

     Aunque en la actualidad son monocromos, los retratos romanos se policroman hasta el siglo II. Al imponerse en esa fecha la monocromía y quedar el globo del ojo en blanco, se inicia la costumbre de rehundir la parte de la pupila.

      En cuanto al relieve histórico, su origen hay que buscarlo en la costumbre de conmemorar el triunfo guerrero de un capitán y en el deseo de eternizar en la piedra estos triunfos guerreros. Los romanos van a utilizar el relieve histórico en diversos monumentos: en los altares, en los arcos de triunfo, en las columnas conmemorativas y en los sarcófagos funerarios.

      A lo largo del tiempo, los romanos van a ir perfeccionando esta técnica: al término de la República se generaliza un tipo de relieve de origen helenístico en el que se recurre a efectos pictóricos como la perspectiva y otros efectos de profundidad.

      La obra capital del relieve histórico pictórico es el Ara Pacis de Augusto, en el que se representa la procesión de la familia imperial para hacer la ofrenda para la paz creada por el emperador. Este gran friso alargado nos hace recordar el gran friso de las Panateneas del Partenón ateniense, aunque aquí, las figuras son más realistas y caminan con mayor naturalidad.

      Posteriormente, los relieves del arco de Tito nos ofrecen un tratamiento plástico que da mayor ilusión de profundidad. En la Columna Trajana se avanza en el tratamiento compositivo y en la representación de tipos más realistas y populares, alejados del idealismo helénico.

      En cuanto a los relieves de los sarcófagos, en un principio se solía colocar un medallón al frente con el retrato del difunto, denotando una clara herencia etrusca, pero posteriormente se tendió a la composición continua con temas míticos relacionados con la ultratumba. Más tarde, esta superficie frontal se repartirá en espacios separados mediante columnas, fórmula ésta que será adoptada por los cristianos.

     MANUAL DE HISTORIA DEL ARTE

Nota: imágenes obtenidas de Internet