lunes, 17 de septiembre de 2012

"El tributo de la moneda" de Masaccio


      Fue pintado por Masaccio en la capilla Brancacci de Santa María del Carmen en Florencia, entre 1424 y 1427. Aquí imagina tres secuencias, espacial y temporalmente diferenciadas. La escena principal, en el centro de la composición, muestra a Jesucristo, rodeado de los apóstoles, en el momento en que el recaudador de impuestos va a cobrar el tributo. Cristo extiende su mano y San Pedro ratifica ese gesto con su propio brazo, que señala el río que pasa por la zona de la izquierda. Todo da la impresión de que el grupo ha sido sorprendido en el camino y se detiene, mientras el recaudador también ha extendido su brazo hacia la derecha, señalando la ciudad. Esta circunstancia permite apreciar la contraposición entre ambos gestos y observar que los verdaderos protagonistas de la acción son tres, ya que los movimientos de todos los demás han quedado como petrificados. Esta escena narra un hecho recogido en el Nuevo Testamento; cuando un fariseo interroga a Cristo sobre la necesidad de pagar el tributo a Roma, con el objetivo de tenderle una trampa, es cuando Cristo responde su conocida sentencia de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
    
      El observador se da cuenta de que la figura de Cristo tiene una majestuosa presencia y que su rostro expresa bondad; a su lado, los apóstoles son hombres individualizados, cuyos caracteres quedan reflejados por el resplandor de sus miradas: desconfianza la de uno, acechante la de otro, voluntariosa la de un tercero, etc.

      La segunda escena, al fondo y a la izquierda, corresponde al instante en que S. Pedro coge un pez del río para extraer de su boca la moneda destinada a pagar el tributo. La tercera, en la zona derecha de la pintura, representa al santo pagando el tributo al recaudador. El tema, por tanto, hace referencia a la necesidad de que todos los integrantes de la República cumplan con sus deberes cívicos, entre los que destaca el pago de los impuestos, digamos que este fresco recuerda a los florentinos la necesidad de pagar  tributos, ya que contaría con la aprobación del propio Jesucristo. 
    
      Los dos primeros actos de esta obra se desarrollan ante un paisaje a penas esbozado; el tercero, en cambio, aparece situado ante una arquitectura puramente renacentista. En cuanto a la composición, la zona central se plantea dentro de un esquema compositivo circular: se basa en la tradición clásica que representa a Sócrates y a sus discípulos dispuestos según ese mismo esquema. La escena se organiza a partir de un observador fijo con un exacto cálculo de distancias. El punto de vista está situado al nivel de las cabezas de los personajes.  A pesar de la isocefalia (todas las cabezas de los personajes se sitúan a la misma altura), se consigue la creación de un espacio. En cuanto al dinamismo, el personaje que aparece de espaldas, con sus arqueadas piernas, le da movilidad a toda la obra.

      Las figuras dominan en este fresco. El excelente estudio de los rostros de los discípulos señala una fuerte intromisión de lo humano en temas que en el la Edad Media se consideraban exclusivamente divinos y simbólicos. Con ello la grandeza del arte radica en reflejar el mundo real, y cada personaje adquiere una individualidad y una sobriedad  propias de la gente corriente. Es interesante destacar la tridimensionalidad de los personajes, tienen volumen, pesan, como diría Berenson estamos ante un avance manifiesto en la consecución de los valores táctiles en la pintura.
     
     Una luz diagonal matiza el contraste de luz y sombra conseguido mediante difuminados toques de color, sin apenas trazos definidos como dibujo, que marcan la esencia de lo que es la pintura en un sentido moderno.
      R.R.C.